martes, 15 de marzo de 2016

Película


Querido Diario,

Conservo un vago recuerdo de la primera vez que vi "Lo que el viento se llevó" y, además de vago, también puede ser equivocado. 
Es probable que las impresiones que dejó no fueron cosa de una sola ocasión, sino que la película, puesta y repuesta en televisión, se apareciera en muchos momentos de mi infancia. 
Antes de saber su nombre, recuerdo la faz de una mujer despeinada y llena de suciedad, en un lugar miserable y calcinado, donde todos los que la rodeaban le decían que no quedaba nada. Ella preguntaba y ellos le aseguraban que todo se lo habían llevado. Es la primera imagen de la desolación de la que tengo memoria y, en mi casa, desde entonces, cuando en la nevera queda poca cosa, solemos decir: "no queda nada, niña, todo lo se lo llevaron los yanquis".
También recuerdo el fuego que prendía la ciudad y el coche de caballos galopando a través. Entonces sí sabía el título, porque le dije a mi madre:

- No fue el viento, sino el fuego lo que se lo llevó todo.

Quizá fue la primera ocasión en que mi mente descifraba una metáfora, un símbolo. Y todo dentro y fuera de "Lo que el viento se llevó" es eso: un símbolo.
Aún con mayor nitidez, rememoro un pase de la película en Fin de Año, porque mi padre quiso grabarla en vídeo.
Qué reto. Aquello era el epítome de lo inacabable. A todo el mundo le parecía larguísima, La Larguísima, por excelencia.

- En una reposición en el cine, la vimos tras cenar pescado. Nos moríamos de la sed y aquello no se acababa. En el intermedio hasta nos pusieron anuncios de Seven-Up. Qué sed. - relataba mi madre.

- Lo que el viento se llevó y lo que el culo aguantó - decía mi tío.


En aquel pase de Fin de Año, la cinta de VHS no fue suficiente y poco después del salto de Bonnie Blue, hizo stop y se rebobinó, quizá de puro hartazgo. 
Como relato de fuertes pasiones, debía ser el primero que veía; me parecía algo antiguo y encendido, demasiado encendido. Recuerdo la histeria de la protagonista, sus gritos, el modo en que Rhett le lanzaba el traje desde el armario para que fuera a confrontarse con Melania. El desgarro y la locura me mareaban y los comentarios de mi madre y mi hermana a las ocurrencias melodramáticas de la historia tampoco ayudaron.

- ¡Que ahora se va a poner la cortina!

Es una película que a muchos resulta odiosa. Y en aquel Fin de Año, a mí me lo resultó, aunque era difícil apartar la mirada.


Cuando empezó mi fiebre por el cine, allá por los catorce años, "Lo que el viento se llevó" era una de esas películas que debía ver de cabo a rabo, me cayera muerto en el suelo ahora mismo.
La pusieron un domingo por la tarde y las circunstancias no me dejaron sino ver trozos de algo que vivía dispuesto a adorar. Las circunstancias eran padres que te llevan y te traen de un lado a otro y consideran que pasas demasiado tiempo delante del televisor. Es más importante un paseo que una película, aseguraban.
Me la compré en VHS y allí llegó, reluciente de puro dorado, en dos cintas para una copia magnífica. Nunca había visto el espectacular arranque de la película. La escalera del Doce Robles, - que espantó a Margaret Mitchell, comparándola con la Gran Estación Central -, el exquisito Technicolor y la pura y vibrante garra melodramática de toda la película, que fundamentaron mi gusto cinéfilo, sentimental y vital. Es uno de esos títulos que he visto mucho, demasiado. tanto que he desgastado. Me la sé de memoria y, si antes me hacía llorar a moco tendido, ahora me sorprende menos y la descifro mejor.
La sigo amando y admiro, sobre todo, sus agallas, su estilo. Aunque ha sido imitada, copiada y emulada, no hay otra como ella. La palabra mágica es Selznick, siempre lo fue.


Detrás de mi historia con "Lo que el viento se llevó", está la propia historia de la película a lo largo de las generaciones. Sigue siendo la más taquillera, si ajustamos los datos de inflación, y, en cualquier caso, la onda expansiva que tuvo y ha tenido durante tantas décadas aplasta al más blockbuster de los blockbusters que se estrenen ahora.
Como obra cinematográfica en sí misma, ha sido discutida por algunos, aunque no tantos como se esperaría. Es una película odiosa para muchos espectadores, pero también muy reverenciada, quizá porque hasta los más sesudos críticos entienden que sí, que es más que una película.


Las colas a su estreno en 1939 se explicaron por algo con lo que el cine internacional juega ahora con frecuencia: la expectación.
De lo mucho que he leído sobre la producción y preparación de la película, también abundan los mitos. La llamada "búsqueda de Escarlata", publicada en prensa y que atraería a Tinseltown a un millar de chicas en busca de la oportunidad - entre ellas, Susan Hayward - debió ser un stunt publicitario de primer orden, porque la actriz ya estaba contratada.
De hecho, las únicas seriamente consideradas por David O. Selznick fueron Paulette Goddard y Vivien Leigh, Y ésta estaba decidida desde mucho antes de que se la viera contemplando el fuego de Atlanta en el rodaje, como cuenta la leyenda.
Así se explica que se la emplazara años antes en "Un Yanqui en Oxford", comedia donde hacía un papel de bibliotecaria calenturienta, que, al menos en caritas pícaras, ya anticipaba lo que vendría, o que a Bette Davis se le diera el premio de consolación con su deslumbrante dama sureña de "Jezabel", estrenada un año antes por la Warner.
Sí es cierto que Clark Gable accedió al papel de Rhett Butler, a cambio de la aceleración de los trámites de su divorcio para casarse con Carole Lombard, y que Leslie Howard fue el primero en pensar que era demasiado mayor para ser Ashley. Ambos detestaron la película, considerada "de mujeres", y Howard ni siquiera se molestó en leer la novela de Mitchell.


Olivia de Havilland, que presionó con fuerza a Selznick para ser Melanie, y la única del reparto que sigue viva, recuerda esa expectación, porque, antes de la película, estaba la novela. Recuerda cómo la gente la leía en paradas de autobuses, heladerías, cafeterías, y muchos detenían la lectura para enjugarse las lágrimas.
La historia de "Lo que el viento se llevó" se cuenta desde esa primera imagen que recuerdo de ella: la derrota. Todo en ella está articulado en la obligación de luchar ante las circunstancias y la amargura de aceptar el sinsabor del fracaso, desde su evocación de la destrucción bélica hasta su sutil drama de amor perdido.
Enraizada con la nostalgia de los viejos tiempos, galantes, sentimentales, supeditados al honor y al equilibrio autogestionable, "Lo que el viento se llevó" de Margaret Mitchell entró en la generación de entreguerras como un huracán de emociones. En la sociedad completamente industrial, la glosa a un mundo perdido, fuera el Viejo Sur o la infancia de los lectores, llevaba, sin remisión, a las lágrimas.


Las lágrimas fueron cosechadas por David O. Selznick, dispuesto a confeccionar la película emocionantísima por antonomasia.
A sabiendas de su fructífera colaboración previa con George Cukor en adaptaciones literarias en los años treinta, el tándem parecía llevado a buen puerto, pero la relación entre director y productor se deterioró desde el principio.
Más que el contubernio homófobo de Gable para echar a Cukor, porque éste sabía de su pasado como gigoló en Nueva York, la despedida de George Cukor estuvo más en sintonía con la afirmación de Selznick como dueño y señor de sus películas. Algo intuido en sus anteriores producciones, pero consolidado en esta su primera obra personal.
Por mucho que se diga que "Lo que el viento se llevó" fue dirigida por muchos, la única verdad es que Victor Fleming dirigió el 95% y Sam Wood lo sustituyó durante una semana, debido a la fatiga. Y la otra verdad es que se trata de una película más de productor y de diseñador de producción que de cualquier otro. "Lo que el viento se llevó" es de Selznick, pero también de William Cameron Menzies, el creador de ese universo de colorines y lujo, cuya plástica y calidad de imagen sigue sorprendiendo por audacia y vigencia.


En 1939, "Lo que el viento se llevó" se estrenó en Atlanta y, al año siguiente, ganaría diez Oscars, pero el mundo la iría conociendo y amando a largo de toda la década posterior. Hablamos de la Segunda Guerra Mundial, la posguerra española, las hostilidades devenidas de la emancipación colonial. Las madres se sonaban los mocos con los momentazos de la película como si la tragedia que vieran en la pantalla les ocurriese a ellas.
De todos los instantes apoteósicos de la cinta, el instante en que Escarlata agarra un nabo de la deteriorada plantación de Tara, lo mordisquea, vomita y, con el resto en la mano, proclama que, Dios como testigo, jamás pasará hambre, expresó la tragedia de las sociedades abocadas a la miseria por circunstancias que escapaban a su comprensión.
Como Escarlata, los espectadores jamás entendieron la guerra y nunca olvidaron el hambre. Como Escarlata, todos fueron símbolos de sus traumáticas épocas, sin pretenderlo.


"Lo que el viento se llevó" también habló del gusto por el melodrama, de las emociones expresadas en mayúsculas, pero, aun siendo Hollywood quintaesencial, es una extraña del cine clásico. Es larga en una época donde las películas no depasaban los cien minutos y está protagonizada por un personaje femenino contradictorio y, por ello, apasionante. Además, acaba con una gran incógnita, que exasperó a los que tenían el culo rojo de tanto aguantar y obsesionó a muchos otros que se lanzaron a por las respuestas en la novela.
Como rareza, también es uno de los escasos films norteamericanos, que termina con un interrogante y todo está sujeto a interpretación. Es una obra que se discute, se comenta en piezas, se le aventuran teorías que quizá nunca estuvieron en sus intenciones originales.
Todas estas discusiones vivieron en sintonía con las reposiciones y reediciones de libro y film durante las décadas.
La película se vio muchas veces en televisión y también se repuso en el cine, en varias ocasiones y años después de su estreno original. Junto con "Sonrisas y Lágrimas", "La Guerra de las Galaxias" y los clásicos Disney, nunca fallaba en sus retornos.
Tan lejos como el año 2002, "Lo que el viento se llevó" fue la emisión más vista del día, un domingo en el que se pasó por enésima vez en Televisión Española.


Como dije, la película ha sido adorada y es un icono para todos los amantes del cine, pero no han faltado notas discordantes que, de algún modo, dicen la verdad.
Es cierto que no es rigurosa, sino parece ocurrida, como si fuera una burbuja hinchada por un mecanismo. Es un fenómeno que también se aprecia en muchos títulos de Cecil B. de Mille o James Cameron, donde la figura del productor a la caza de grandes cosas aplasta al narrador que busca conseguirlas.
En "Lo que el viento se llevó", y ahora leída la novela, entra también la necesidad de comprimir una historia que, a día de hoy, se hubiese adaptado a razón de miniserie.
La novela tiene todo el rigor narrativo que la película, canalla, prefiere saltarse en beneficio de lo fascinante y, a la vez, fiel a los acontecimientos que la historia relata. Especialmente, en la última parte, donde los acontecimientos de muertes y deserciones se solapan, unos con otros. Así el agotamiento del espectador.
La película no es tan larga, pero lo parece, porque adquiere el carácter episódico, acumulativo de la obra original y no encuentra el tiempo suficiente para explicar o ventilar sus ocurrencias.


El libro de Margaret Mitchell, vendido con salud envidiable desde que mi abuela era moza, se tropieza hoy y ayer con su inefabilidad. Es una novela que aspira a contar una época, pero la aborda desde una óptica que ya parecía trasnochada en su año de edición, marcada por la crianza y vivencias de la propia autora en el Sur de los Estados Unidos. 
Selznick, quizá oído de lo sucedido con "El Nacimiento de una Nación" - superproducción muda de la que ésta es prácticamente un remake - rebajó el tono político y sociológico del libro, especialmente todo lo referido a la justificación del Ku Klux Klan y las estomagantes disquisiciones entre los negros buenecitos de casa y los diablos violadores de raigambre africana. 
El racismo de la historia quedó diluido en la película y aún así, está considerada políticamente incorrecta, pese a que presente más personajes afroamericanos que casi ningún film norteamericano de entonces. 


El libro ha sido denunciado en muchas instituciones escolares y desterrado de las baldas de sus bibliotecas, y los estudiosos lo consideran ese símbolo de lo que muchos entienden como Historia: la versión abuelizada de las cosas que pasaron, con la transmisión oral entre generaciones como dudosa fuente. 
Aún así, la descripción de Mitchell de las costumbres y mentalidades, tanto entre sexos como entre razas, se han considerado valioso objeto de estudio.
Si la novela cojea en su condescendencia con la negritud, es, por el contrario, pionera y lúcida en su feminismo y pacifismo, aventurando luchadoras denuncias sobre la condición femenina o exponiendo la verdad materialista que se destila tras cualquier enfrentamiento bélico. 


Leída la novela de Margaret Mitchell, he decir que me gusta en ella todo lo que la película no tiene, del mismo modo que lo que amo de la película es lo que falta en el libro. 
Sobresale lo minucioso de la novelista en describir la genesociología, las relaciones de clase, el costumbrismo - esas ollas de tintura para sumergir los trajes en ocasión de luto - y pulsiones narrativas tan magistrales como el asedio de Atlanta o las penurias de Tara tras la guerra. El contenido sexual está más explícito, mientras los personajes centrales de Escarlata y Rhett son más duros y agresivos, con su oportunismo social y económico como eje de gran parte de la narrativa. 
Pero, claro, falta el tratamiento Selznick. Todo lo que hizo famosa a la película, a niveles estilísticos y cinematográficos, se echa de menos. Los hipnóticos barridos, las musicadas emociones, los crescendos, la fotografía, el regocijo en el exceso. 
El momento de la vuelta a casa tras la batalla es triste, silencioso y ocupa un par de episodios en el libro; en la película, dentro la misma secuencia temporal, la casa aparece a la luz de la luna, el caballo muere, Escarlata corre, la puerta se abre, no queda nada, niña, la madre de cuerpo presente y el tubérculo en mano, Dios mediante. Con Max Steiner, a los platos.


Selznick hizo su trabajo: convertir una historia tan ideológicamente conflictiva como popular en la mayor película de Hollywood. La que resume su poder a lo largo del mundo y del tiempo y la que, en tantos aspectos, nunca supo emular a ciencia cierta. Ni el mismo productor, pese a todos sus esfuerzos, repetiría buque de semejante calado.
En película y novela, despunta la temática profunda de la historia, eso que nos obsesiona a los obsesionados con "Lo que el viento se llevó". 
Ahí surge esa desorientación existencial, ese fastidio, ante la verdad de que no podemos conducir las riendas de nuestra vida, porque ésta sólo tiene sentido cuando se ha vivido y se mira en retrospectiva. 


Darse cuenta demasiado tarde de quién somos y a quién debimos amar es la esencia de una obra que habla de obsesiones románticas que perduran durante años de guerra y dolor, pero mueren en el segundo en que se despeja la niebla. La felicidad ha estado ahí, a la altura de la mano, durante todo ese tiempo.
Sí, querido Diario, es un clamor: esta noche la vemos otra vez.

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