domingo, 27 de marzo de 2016

Procrastinación


Querido Diario,

Usted y su estúpida apostura inglesa, con ese ridículo mostachito y esa expresión de inquisidora diplomacia, pueden irse a la mierda en este domingo de Resurrección. 
¿Por qué? Porque, detrás de su seriedad anglosajona, el juicio se agazapa. Deje de juzgarme, se lo ruego. Entiendo que, en las últimas semanas, he faltado a nuestro íntimo juramento de escribirnos todos los días. Le daría las excusas, pero usted ha vivido más tiempo que el tiempo. Sabe bien que son eso: excusas. A usted nadie le engaña, a mí, quién mejor que yo mismo.
En esta época de la victoria del yo, se cuenta epidemia aquello de la procrastinación. Qué palabra rimbombante para obsesionarse con ella. 
Dejarlo todo para después. Diferir, aplazar, según la RAE. Síntoma de la vagancia, de la pereza, de la inactividad, que hoy muchos identifican con los males de la multipantalla: es muy difícil concentrarse con el Internet, los smartphones y las televisiones, todas las caras que nos guiñan el ojo con sus promesas de edulcorada fantasía y trascendental burbuja.
Procrastinar, sí, o echarnos a la buena chaise longue y aplazar los deberes del fastidio y la obligación para un futuro al que se le concede una improbable efectividad.


Pero los vagos no son nuevos y a los procrastinadores sólo nos faltaba achacar las culpas a las nuevas tecnologías. Al fin y al cabo, echar la culpa a nuestros padres, las musarañas, los reflujos gástricos o todo lo conocible se dice nuestra especialidad. "No lo hago porque...".
Tiene usted que entender que yo soy procrastinador, pero no exactamente vago. Los vagos son malos en el trabajo y yo, cuando me entrego, soy el más serio, disciplinado y eficiente. Lo mío es más el desinterés, la inseguridad, especialmente cuando algo no me gusta o me parece peligroso y tambaleante. 
Cuando era niño, evitaba los toboganes. Me daban mucho vértigo y desoía a los que afirmaban que no era para tanto.
También recuerdo cada última semana de agosto cuando me echaba a llorar porque las vacaciones terminaban y volverían las clases, a ese triste instituto, con aquellas deplorables asignaturas y rodeado de gente que se parecía muy poco a la que aparecía en las películas que veía a altas horas de la madrugada.
Mi madre se desesperaba por mi inacción y mi cobardía, porque ella siempre fue lo contrario. 
La tristeza de volver al cole, de que las cosas cambiasen si ya eran puro felices, nunca la he olvidado, porque la ejerzo a diario. Quizá en mi procrastinación, legendaria, sintómatica, totalmente enfermiza, esté el síndrome del tobogán. Eso es un rollo y lo mismo me mato, así que por ahí no me lanzo.
En mullidos y confortables sillones, se contaron los perezosos de la Historia. En excusas y aplazamientos, los desaprovechados.
Creo que vivo en un término medio. Soy perezoso por naturaleza. No puedo hacer muchas cosas a la vez y necesito dormir muchísimo. Pero no me inquieta estar ocupado e incluso cuando vivo ocioso, tengo que contemplar o hacer algo que considere valioso, bueno, merecedor. Hasta perdiendo el tiempo, evito malgastarlo.


Lo desaprovechado vive en la creencia de un mañana en el que todo se resuelva, hasta la procrastinación misma. Cuando tenga la fuerza, las ganas, la faz descansada, las dudas disipadas.

- Cuando me obsesione, lo haré, descuida  - dije el otro día. 

Confío en que me obsesione, por fin, con algo útil, del mismo modo que me he obsesionado por cosas maravillosas pero improductivas per se, como relatar un blog a diario, ver toda la filmografía completa de Errol Flynn o subir pesas de lunes a viernes. Me digo: mañana, cuando me ponga, lo haré.
El procrastinador evita unos refranes, mientras se aplica otros. Deja para mañana lo que puede hacer hoy, pero confía en que más vale tarde, nunca. Es Escarlata O'Hara por defecto: no lo puede pensar ahora, porque se volvería loco si lo hiciese. Mañana será otro día.
Pensar en el mañana como un lugar de realización es la trampa y ahora, para colmo, también vivimos en un mundo fatalista donde ese mañana vuelve a ser escasamente seguro. 

- El día menos pensado, saltamos por los aires.

En los últimos tiempos, he desarrollado cierto miedo a lo que vendrá. Será la edad, que enseña que, oh, no soy inmortal. Y ahí brota otra amiga de la procrastinación: vivir el momento. Y vivir el momento no es más que acomodarse en el ocio y dejarlo todo para el mañana, incluso convencidos de que éste no exista.


Le cuento esto porque regresar a este blog es el mínimo de mis problemas derivados de tanto procrastinar, aunque significativo sea el proceso por el que he dilatado volver hasta aquí. 
Tenía temas para escribir y me confesaba desinspirado, al mismo tiempo. Quién lo entendía. También aseguraba que descansaba del ordenador y estaba enfrascado en la lectura. Fue verdad durante dos semanas.
Otras veces no me proporcionaba mayor excusa que la urgencia de un descanso, de una hibernación. 

- Estoy agotado. No puedo. No encuentro el tiempo.


Incluso para un trabajo de tal reverdor como el que significa escribir sobre lo que uno quiere, encontraba la disculpa imperfecta. 
Imagínese para los trabajos que no conocen de reverdor. 
Ahora llega la revelación: el lunes, tras temporadas de procrastinación, decidí entrar en Infojobs, la página web donde antes se encontraba trabajo. La cosa ha cambiado dramáticamente y me bastó un simple vistazo para sentir como si una pesada bota llamada realidad me aplastara la cabeza con decisión. 
Una nueva "funcionalidad" permite estar en contacto con antiguos compañeros de universidad o empresa. No sé qué era más deprimente para mí: los que tenían trabajos horribles o los que habían conseguido unos puestos envidiables. 
Todos parecían tener la vergüenza de la que yo carezco. Esa misma que aplazo, relativizo, por aquello del arte. O del "harte". Como decía cierta página de Facebook:

- El harte, ese mundo de sirvengüenzas.

Entendí que más que procrastinador, lo mío era irse de rositas, por peteneras y con la mula robada por la calle arriba. Volví a verme en el espejo de Peter Pan y, una vez más, en lugar de la acción, entró la depresión. El mundo se oscureció y todo lo que parecía mantenerme feliz se reveló como una red de embustes que me repetía a diario.
Me veía, helado, en lo alto del tobogán, más decidido a morirme antes que hacer el ánimo de lanzarme por la rampa.


No es la primera vez que se levanta ese telón poco favorecedor ante mis ojos, pero regresa la verdad del mecanismo eterno con el que vuelvo a bajarlo, sin querer, sin darme cuenta, hasta pasado mucho tiempo. 
Ese telón se levantó en Londres y me dejó con idéntica sensación. Juré que todo cambiaría, pero en cuestión de semanas, me acomodé, aplacé, diferí. Pequeños y esporádicos trabajos eran mis coartadas y el dinero cuidadosamente ahorrado, la salvaguarda. 

- El caso es que nunca te ha hecho falta de verdad. - afirma una señora.

Sí, pero hay muchos y muchas que nunca les ha hecho falta, pero saben lo peligroso que puede ser un revés del mañana o se enfrascan en vender su potencial para mejor efecto. Yo, el desaprovechado, he podido hacer tanto y, espantado de los agotadores procedimientos, he preferido navegar contra todas las corrientes, kamikaze, tozudo.
Seré justo conmigo mismo: también ha sido una protesta, íntima pero ruidosa, contra todo lo que me rodea, contra todo lo que ha pasado. Entra el miedo, sí, a trabajar y sufrir, pero también la rabia. 
El otro día, veía a Dee, sirviendo copas toda la noche por unos míseros treinta euros y quería quemar ese local hasta los cimientos, rescatando al bello doncel y diciéndole que no cambie nunca, que no conozca la amargura, que siga siendo niño, esperanzado, libre del yugo perverso de las obligaciones. 
Siempre ataron, hoy son el Infierno. Y, mi Lord, mejor no me haga hablar cuando se vende la alternativa del emprendedor, esa figura que se lee el Ayn Rand un día y se llena de deudas al siguiente. Decadencia occidental y mentira cochina. 
Mentiras, mentiras. Los días amanecían tristes para mí, tras la revelación, queriendo llegar aquí para contárselo y temeroso de contagiar mi melancolía a los seguidores. Ellos tendrán terrores parecidos, se identificarán con lo escrito, vivirán en circunstancias peores y otros me juzgarán severamente, se desesperarán por mi inhibición, mi abstencionismo, mi mañanismo. Y mi cantamañismo, también,

- Lo que pasa es que lo dramatizas, Montez style. El trabajo, los hombres, la vida. Si simplemente lo hicieras, como todo el mundo, otro gallo te cantaría.


Sí, probablemente, en lugar de llevarme la mano a la frente cual señora desvanecida cuando tengo que rellenar un currículum de deprimentes verdades y piadosas mentiras, me tragara el orgullo cual veneno, sí, algo conseguiría. Pero nunca dude del desencantado mundo en el que vivimos y de las dificultades que entraña encontrar trabajo, conservarlo y relativizarlo. La mediocridad es asfixiante, los procedimientos, miserables. Pasar de todo, abstenerse, procrastinar; me consta que esa rampa no es sólo mi descenso, sino el de muchos.


Excusas, excusas. Dice la Wikipedia que la procrastinación tiene mucho de trastorno y, en sus múltiples variantes, se conjuga con inseguridad y baja autoestima. Nunca podré tirarme por ese tobogán, me he repetido en muchas ocasiones. No es lo mío, yo no sirvo para eso.
Entonces me miro al espejo y encuentro todas las cosas que sé hacer y puedo hacer, la educación que he recibido, el trabajo que he hecho, a pesar de todo, y el enigma de lo que sería capaz de ofrecer al mundo. El drama es menos, las dudas se disipan. Valorarse es la útil mentira con la que empezar.

- Mira todo lo que has conseguido en la vida. Sólo necesitas un plan. Tú te lo propones, tú lo haces - me dijo Lady Montez.

El enemigo sigo siendo yo, porque no basta la convicción, hay que apurar el momento. Y ese se procrastina, también forzosamente.   


Pero, oh, si firmarlo aquí es contarlo al mundo para que conste en sus arcanas actas, hoy prometo que lo haré todo, que iré a por todas, que no me rendiré, que conseguiré algo. Escribiré, estudiaré, enviaré, preguntaré, me ofreceré, me dispondré. Estoy aquí, he salido de la confortable sombra. Busco trabajo, lo necesito, sé que lo puedo hacer bien. Si sabe de algo, avíseme, escríbame, póngame en contacto. 
Empezaré mañana. Sí, mañana. No me mire con esa cara. ¡Hoy es domingo!

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada