sábado, 26 de marzo de 2016

Virginidad


Querido Diario,

Recuerde, recuerde los tiempos de su virginidad, en los que se deslizaba por la vida con la cara de la inocencia y la expresión del ansia.
El deseo podía satisfacerse con la masturbación, escondida, consentida, aliviadora, pero aquello era cual comerse una hamburguesa cuando se desea un banquete de solomillo. Intentó acostarse con muchas mujeres y también falló en siquiera acercarse.
La virginidad también es timidez, porque significa caminar a oscuras hacia un descubrimiento dorado por inasequible.
Un día, por fin, sin previo aviso, pero manifiesta sonrisa, la metió en caliente, se corrió pronto y, entre beso y beso, adoró la experiencia, decidido a repetirla, para mejorar, para sentir más. Porque, al fin y al cabo, venimos al mundo en busca de una conexión con los otros. Y no hay ninguna más ardiente, más barata, más vaciada de sentido, más trufada de significado, que una cópula entre nuestras gónadas.
Perder la virginidad es como escribir estas líneas después de un tiempo: esa caída en la oscuridad, esa urgencia de hacerlo bien, esa última sensación de que tampoco es para tanto.


Tampoco es para tanto, decían muchas y muchos, pero la virginidad preocupó reputaciones y se hizo sitio en las tragedias.
Era un bien intercambiable, codiciado, tanto por el morbo que suscitaba como por su elementareidad en el machismo. La mujer virgen no conocía a otro, así que más vale que sólo reciba el pene del que será su dueño, su padre, su compañero hasta la mortaja.
Todavía las vírgenes son demandadas por los peores villanos, decididos a ser los primeros y, en muchas ocasiones, los últimos. La ruptura del himen se concibe como la conquista del territorio. Todo se rompe y se doblega por la fuerza y el primero que llegue, se lo queda.
La obsesión por perder la virginidad es tanta como lo fue conservarla.
Ahí está esa película delirante, maravillosa, magistral llamada "Esplendor en la Hierba", que funciona como un perfecto retrato de tantas sociedades que condenan a la juventud a aguantarse los ardores y esperar hasta el matrimonio. Ni las hormonas ni el amor pueden ser excusa: las chicas buenas deben reservar su centro de operaciones si esperan ser queridas y respetadas y ellos, bueno, ellos pueden recurrir a las chicas malas.


En la división virginal, el hombre tuvo las de ganar, en teoría, porque la responsabilidad era perversa.
Su virginidad era esa ridiculez que debía terminar cuanto antes, y muchos padres y tíos paseaban a adolescentes por los lupanares para iniciarlos en el sexo de la mano de prostitutas. Aun la virginidad masculina es motivo de risa, como en esa comedia llamada "Virgen a los 40", donde el protagonista debe hacer todos sus esfuerzos para meterla en caliente antes de que la película termine.
Que un hombre sea virgen más allá de los veinte diríase secreto inconfesable, que lo sea más allá de los treinta, es un tabú. Y los hay. Muchísimos, añadiría. Como dije una vez, el sexo puede ser muy fácil, pero también extraordinariamente complicado en muchas situaciones, lugares, personalidades.


La virginidad femenina fue el labrado del organigrama social y cuenta por un lado, la figura de la mujer que descubre el sexo en su noche de bodas y la solterona que no lo conocerá nunca. Aquella bien podría sentirse como "El Buey Desollado", como diría Terenci Moix, y aquella desarrollará una neurastenia que la misma sociedad que la ha condenado a la represión no dudará en parodiar. 
Las mujeres nunca odiaron el sexo, pero sí la manera en que se les reservaba: presa de hombres poco delicados, de comentarios maledicientes, del vértigo que implica perderlo todo si se escucha al deseo.


Y aquí la historia secreta: muchos de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas llegaron menos vírgenes al matrimonio de lo que cuenta el mito. 
Los paseos por el parque o a bordo de pequeños coches estaban llenos de un susurro que, no sólo escapó al púlpito, sino al propio reconocimiento. No sabemos lo que hicimos o lo disculpamos o fue tan íntimo que lo negaríamos ante el más divino tribunal, pero lo hicimos.
Yo perdí la virginidad en un parque, a los diecinueve años. Aunque si le soy sincero, siempre he tenido la impresión de que no la he perdido del todo. En cualquier caso, la he perdido en muchas ocasiones. Como entre hombres, la cópula es más complicada, podría decir que la virginidad es un mito un tanto heterosexualizable o, por lo menos, un proceso distinto. No hay ningún himen roto, ni ninguna conquista machotrascendental, pero, como la cosa se anuncia anal y con promesas de traumática, el miedo a la primera vez puede ser el doble.
Como muchos chicos y chicas de mi generación, la virginidad había cambiado como el mismo país. De atesorarla como bien divino, era esa cosa molesta, fastidiosa, que te marcaba como un niño y de la que había que librarse. Amigos, amigas, conocidos, conocidas, se iniciaban en el sexo de la mano de sus parejas. Yo, desconsolado, sintiendo que fallaba algo, podía encomendarme al título de otra película:

- Nunca me han besado.

Si la virginidad no era tan sacra como en los tiempos de "Esplendor en la Hierba" o cual rezaba en el franquismo, aún a finales de los noventa, ciertas amigas oyeron el mismo sermón de sus madres que recibía Natalie Wood en la película de Elia Kazan. Los chicos no aman a las fáciles y, si te acuestas con ellos, perderán todo el interés en ti.
Estas amigas mías temían el momento y paseaban novios con los que tardaron años en encamarse. El nivel magreo estaba permitido, pero ellos volvían a casa con los huevos doloridos y la penitencia en sus miradas.
Cuando finalmente follaron, unos y otras descubrieron que aquello no era para tanto. Y ellas, sorprendidas, entendieron que sus madres estaban equivocadas: ellos no perdieron el interés, sólo se enamoraron más.


- Tienes que encontrar a alguien especial con quien perder la virginidad - así me decían mis amigos, así contaban las películas.

Como aún no he encontrado a nadie especial, gracias a Dios que desoí y aproveché la primera y genuina oportunidad de echar un polvo. Fue en Madrid. Aún no vivía allí, sucedió durante un viaje, pero, bien se confirmaba la máxima de que, para hacer bien el amor, yo tengo que ir al norte.
En un parque, escondido en la oscuridad, con la ropa colocada a un lado, estuve por primera vez, de manera íntima con un muchacho. Tenía mi edad. Aquello fue excitante, pero también un poco desastroso. El momento dientes dientes en la felación delataba mi inexperiencia y, oh, aquello olía. Las pantallas jamás me contaron que el sexo huele. Por entonces, era incapaz de entender que era eso de lo que se trataba. Más que una sacrosanta institución, más allá de la magna obsesión social, el sexo es hacer el guarro. Yo debía pensar que era un deporte, una coreografía de la Metro o algo que no implicase desafiar los límites de la limpieza y la suciedad.

- Eso está sucio. No te lo metas en la boca.


Me lo metí en la boca, aun pensando que todo era un poco rollo. El sexo estaba sobrevalorado y yo lo que quería era besar y enamorarme como en las películas. Él, mirándome con arrobo, me confesó:

- Es la primera vez que estoy con un chico... así.

Así que éramos dos vírgenes en el parque, decididos a dar por terminada la ingenuidad, la inocencia, esa "frialdad en la cara", como le dice Carmen Maura a Rossy de Palma en "Mujeres al borde de un ataque de nervios".
Como no había preservativos, faltó penetración en ese parque. Ya le he dicho que he perdido la virginidad en varias ocasiones y todavía creo que no la he perdido del todo.

- Me da cosa ser el primero - me dijo otro con el que estuve tiempo después, al que le pedí que me penetrara con cuidado.
Entendí que estaba siendo un caballero y lo libré de tamaña responsabilidad, pensando que era un ser muy romántico. En realidad, no era nada y ese temor a ser el desvirgador resume el mismo complejo que insistir en serlo: la necesidad de una actuación impecable en el sexo, so pena de que se ponga en duda el atributo del macho.


Finalmente, me follaron el culo con veintiún o veintidós años. No recuerdo la edad con exactitud, pero sí llevo en el alma la sensación. Como sabe, di un alarido, pero me encantó.
El galán era más experimentado en esta ocasión y podría decirse que mi segunda pérdida de la virginidad fue menos íncómoda. Además despertó en servidor cierto interés por el sexo en sí mismo, más que el que la presión social dictaba.
Sucedió también durante un viaje, esta vez en un hotel, en Barcelona.


Atravesaría por muchos tiempos y lugares y siempre demandé ejercer el derecho de pasividad en las camas, dilatando - nunca mejor dicho - el instante en que, cual señor patriarcal, ejerciese mi derecho de conquista sobre terreno ajeno.
Muchos lo pidieron, pero yo me escurrí con excusas o nunca estuve demasiado motivado por anos que acaba de conocer.
A insistencia de un tipo de una noche, me vestí con un condón y el caballero se encaramó sobre mi pene. Más que conquistar yo, fue él quien se dejó atravesar por las lanzas de Breda.

- Parece que estás bailando reguetón - me dijo, ante mis espasmódicos movimientos.

En honor a la verdad, aquello me estaba pareciendo incómodo, nuevamente sobrevalorado y encima el receptor no era precisamente Pietro Boselli.
Como le conté en anteriores episodios, al final le encontré el placer al rol de activo, tiempo después, lejos de la primera vez de tantas primeras veces.
Así que entendí que el sexo era sucio, oloroso, sobrevalorado, cuando no altamente satisfactorio si se está motivado y el acompañante baila al mismo ritmo, pero también hallé que perdería la virginidad tantas veces como descubriría nuevas cosas en esto de las camas y las vidas.
Supongo que decir que aun no la he perdido del todo, a pesar de haber estado con tantos, será el remanente, el influjo constante que queda en mí de aquello que siempre oí:

- Tienes que encontrar a alguien especial.


Será entonces cuando la pierda otra vez, quizá para siempre, cuando pueda hacerlo todo y no haga falta interpretar nada. Será cuando camine a oscuras hacia el dorado, inasequible descubrimiento.

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