lunes, 18 de abril de 2016

Desnudos


Querido Diario,


Anoche soñé que volvía a estar desnudo en plena calle.
Hacía un frío terrible, propio de una noche de enero en Madrid. Sí, debía estar allí, porque pedí un taxi y le dije que me llevara a la calle de Irún. El taxista miraba mi desnudez por el retrovisor, como si estudiase la situación y decidiera qué provecho sacar de aquello. O pensaba follarme o sólo disfrutaba del morbo, del suspense, quizá de la vergüenza ajena de tener como pasajero a un tío en bolas. 
Yo notaba el frío del cuero del asiento en la espalda y también en mi ojete. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba desnudo. Desnudo en un taxi, a merced de la buena - o mala - voluntad de un extraño. Crucé las piernas para ocultar mis pelotas con un pudor instintivo, pero no podía esconder mi polla. Estaba demasiado tiesa, presa de la mirada escrutadora del taxista.


¿Cuántas veces habrá soñado el ser humano con deambular desnudo por donde no debe? Es el sueño recurrente, que nace de la compleja relación que tenemos con nuestro cuerpo, especialmente cuando está al aire.
Un cuerpo erotiza, atrae las miradas, se revela en el amor y en el sexo, se destapa cuando no hay nada que ocultar, pero, en la mayoría de las situaciones, somos Adán y Eva expulsados del Paraíso. Qué vergüenza, tápate.
El ridículo protocolo del vestir, que nació de necesidades prácticas, como la de protegerse los huevos so pena de golpe o de cubrirse el culo para no ir manchando, devino en el complicado universo psicológico y social del pudor.
En algunas sociedades, la obligación de cubrirse ha sido tan extremada que un centímetro de carne al aire ponía a cien a toda la parentela. Y excitarse ante lo prohibido debía ser malo, malo, malo.
En estos tiempos y en aquellos, en los que el traje ha sido ritual, señal de clase social o testigo de las modas veloces, el pudor todavía perdura y la desnudez tiene esa significativa relación entre disparadero erótico e improceder absoluto.

- No se quite la ropa ahora, señora, que viene mi marido.

- Tápese esas pechugas, muchacha, que va buscando guerra.

- Déjate puesto el uniforme de policía mientras me follas, por favor.

- Quítate la camiseta, Ben, que te silbamos.


Quitarse la camiseta, tanto en hombres como en mujeres, todavía suscita signos de admiración, silbidos y generosos likes en redes sociales pero, si la cosa no es bella o fornida, se troca en asco.
Ahí está la clave. De manera general, sólo se desnudan los guapos. De hecho, los guapos han venido a este mundo para desnudarse cada dos por tres.
Los demás han de guardarse esas carnes fofas para los dormitorios o sus tristes espejos. 


Para eso, hemos venido, para eso, hemos pagado la entrada. Que se desnuden los bellos para encanto de todos y, si se puede, que follen entre ellos.
Siempre para mayores de dieciocho años si la cosa se torna caliente. Porque lo desnudo parece que sólo se descifra por mentes adultas, cuando son éstas precisamente las que le conceden su significado morboso.
Para un niño, el desnudo es natural; para un adulto, es un cocido de tabú. Es el que decide los centímetros de carne permitidos. Es el que sabe la diferencia entre una foto en la playa, un escote de intenciones provocativas y una escena pornográfica.
Es el adulto en el que se reboza en la misma arbitrariedad del desnudo que decide que un hombre con una polla tiesa es porno, sin discusión.


El desnudo, que preocupó a todos los grandes artistas y calentó a las mejores plateas, todavía vende, marca y sentencia.
Cuenta casquivanas a las mujeres que lo practican y califica de vanidosos a los hombres que se atreven. En televisión y en cine, ya lo dice Emilia Clarke, hay menos penes que coños y, de manera general, aquellos siempre son grandes o suculentos. Sólo los bien portados quieren presumir y, como he dicho, los bellos son los que se despelotan.


Veneramos tanto el cuerpo desnudo y, a la vez, lo odiamos. Estar desnudo puede ser una tragedia. Si quieres humillar a alguien, torturarlo, castigarlo severamente, solo o delante de los demás, quítale toda la ropa, déjalo desnudo, indefenso, vulnerable, sin mayor identidad que su carne.

- Como Dios lo trajo a este mundo.

Los grandes castigos de la Historia han empezado por la desnudez en público. Es cuando la pesadilla recurrente se troca en realidad y el cuerpo, sea bonito o feo, aparece a la luz del día, para escrutinio de todos, que lo ven espantosamente vulgar.


El ser humano debe odiar mucho su cuerpo, porque le da asco la caca, los mocos, la sangre, las vísceras. Todo lo que tiene dentro y lo que expulsa, de un modo u otro. Las películas de terror se llenan de esqueletos y calaveras y el espectador se asusta, como si ignorase que se ve a sí mismo, por dentro, tal cual sería en su quintaesencia.


La vista se refocila en los vestuarios ostentosos o seductores, mientras busca en los cuerpos desnudos de los bellos, bien proporcionados e iluminados, el divino ideal del que carece.
Mientras, reacciona incómodo cuando alguien comienza a quitarse la ropa sin Joe Cocker de fondo. La excitación ante el tabú, la raigambre victoriana, la esclavitud de los cánones, el espanto ante la realidad. 

- Qué asco, señora, tápese esos melones de ballena. Hay niños delante.


Dicen que venimos a este mundo desnudos, de cuerpo y de mente, y que la vida consiste en cubrirnos, taparnos, con capas y capas de traje, trauma y experiencia. Sólo nos desvestimos en compañía de nuestros padres cuando somos niños. De los que amamos cuando tenemos suerte, quizá por la confianza ganada.
O, simplemente, por comodidad. Porque también nos desnudamos con los que deseamos íntimos. 

- No vas a follar con camiseta, hombre. Quítatela.

- Pero los calcetines me los dejo, que hace frío.


Camiseta fuera, Lord Diario, también los calzoncillos. Inclínese y déjeme ver su culo blanco de lechuguino. 
Haré lo propio y, si hace buen tiempo, salimos a la calle como dos señores que han perdido los papeles al mismo ritmo que la ropa.
Será un escándalo, mancharemos las sillas donde nos sentemos, nos exiliarán a una comunidad nudista entre tomates y abucheos. Será como volver a ser niño y reír otra vez. Tú me enseñas lo tuyo, yo te enseño lo mío. Será horrible, traumático, una pesadilla.
Si hay que volver a casa, un taxi y listo.

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