jueves, 7 de abril de 2016

Dolor


Querido Diario,

Me duele todo. Ay, qué dolor más grande. Me duele el culo, en particular, y no por el motivo que usted piensa. Tampoco por hemorroides. 
Sí, mi Lord, regresé a la clase más bestia del gimnasio, ese no parar durísimo que debiera rebautizarse "Vietnam".
Entre sudor y sudor, sus ojos apreciarían cómo le cambia el color de la cara a los presentes a medida que la clase escala en intensidad. Hasta cómo les cambia la mirada.
En medio de la clase, me empezó a doler el culo, cual si un músculo sin despertar se arrancara a vibrar de repente, prometiendo unas bonitas agujetas al día siguiente. Ay, qué dolor. Miré a la profesora y le dije:"Te odio. No te voy a hablar jamás".
Pero seguí y llegué hasta el final. Hasta le aplaudimos y ella dijo:

- Súper, súper.


Pasé por el dolor y llegué al placer cuando terminó aquel. Oh, el camino de la humanidad. Hacerse doler para sentir algo: el mismo martirio, o el placer que guarda en el momento en que se extingue, o los torrentes de dopamina que confunden una y otra sensación en el mismo circuito cerebral.
Ya lo decía Georges Sand: el dolor está tan cerca del placer, que lloramos de alegría.
El ejercicio es martirizante en muchas ocasiones, pero lo sigo haciendo, confiado en el resultado que trae, en esa especie de laguna Estigia que es martirizarse un poco para estar más relajado, más bello, más fuerte.
La escritura también me duele. Es lo que más me preocupa en la vida, porque pensarla, discurrirla, ejecutarla no es el placer que debiera ser traer mi vocación. Me lo dijeron en cierta ocasión: si no te jode vivo, no es buena. A mí me duele hasta que no me duela. La escritura es una tortura que revienta en la silla y deja seco el cerebro, el ánimo, la seguridad. La escritura siembra dudas. Y las dudas son dolorosas.
Somos seres de placer, pero buscamos cuotas de dolor y aprendemos a vivir con otras tantas. Incluso nos gusta contemplar el padecimiento ajeno, eso llamado schadenfreude, que cuenta la emoción por el circo romano, los juicios a celebridades o las peleas de patio. Pelea, pelea. Se excita el ánimo con la trifulca, se encuentra el gusto en el sufrimiento de los demás.
Las series y las películas se han vuelto dolorosas. Siempre lo fueron, pero ahora son decididamente sádicas. Gustan de engañarnos con sus trucos, con sus vueltas de tuerca, con sus inapelables victorias del Mal. Verlas es jodido y placentero, al mismo tiempo. Conectan las dos sensaciones y reivindican su estrecha relación en la psique humana.


Sí, la ordalía voluntaria, que pinta el paisaje de los maestros del cine o de los banqueros de Hollywood. Todos saben que el público es esencialmente sadomasoquista, adicto a emociones fuertes, desde lanzarse por una montaña rusa hasta contemplar la ejecución de un condenado a muerte. 
Es la atracción del abismo, que cuentan nuestras mentes morbosas, esas que juzgarían severamente la situación en la vida real, pero se retozan cual cerditos en el interior de un cine o delante de la televisión. Pelea, pelea.


El dolor se recrea, juguetea con nosotros. Aparece, de repente, como el definitivo condimento del sexo. 
Ya se lo dije a propósito de la cópula anal: gran parte de su maravilla proviene de la dolencia y cómo esta se transmuta en placer sin dejar de ser dolor.


Los que tienen el umbral del dolor en alta graduación hasta se visten de látigo y dominación; cuando termina el martirio, el instante de paz se aprovecha para pedir el siguiente.
El dolor en el sexo es un código secreto que, descifrado, destapa nuestra íntima necesidad: tirarnos por una ventana. Ese abismo, esa urgencia por sentir parte lo más intenso que puede conocer el ser humano. Hablo de su propia destrucción.
Dicen que el amor lo cura todo, incluso esa sed de padecimiento, precisamente porque lo trae en generosas raciones, dispuesto a que el mayor sentimiento sea una aflicción continua en el pecho. Si es un amor de verdad, aseguran los entendidos, joderá y, en ocasiones, de un modo insoportable. Como voluntarios masos, volveremos a él, una y otra vez, para sentir, para hacernos matar.


Qué frivolidad. 
El ser humano también huye del dolor, especialmente si es verdadero e irreversible. Quizá todo lo narrado responda a nosotros, a la sociedad que no conoce la guerra ni el hambre ni nada que sea dolorosamente imposible de soportar. 
Entienda usted la diferencia entre este dolor burgués, ideal para gente aburrida, civilizada, abotargada frente al televisor, con la mano pegada en la vitrocerámica encendida para comprobar si sigue viva, y el dolor magno, extraordinario, devastador.
Como animales, lo evitamos de manera instintiva, lo sufrimos, lo calmamos de todas las maneras posibles para devenirlo en placer. Que se acabe ya, mientras navegamos por la laguna Estigia en busca de la luz. El dolor se transforma en trauma, el dolor se calma con las drogas - que, a su vez, traerán otro distinto dolor -, el dolor se olvida con el mismo olvido. 
El dolor físico y el dolor mental son estrechos, y pueden vivir juntos, o manifestarse uno sobre el otro.
Ni el mayor masoquista querrá sentir el dolor de una guerra, ni el de una tortura, ni el de la esclavitud, ni el de perder un hijo. Esos padecimientos caminan por un sendero muy alejado del placer, de la dignidad, de cualquier mañana.
Qué decir del sufrimiento de las peores enfermedades, físicas y mentales, buscando aliviarse por última escapatoria con el dolor supremo del suicidio. 
Sí, la vida es dolor y la muerte, su alivio. Nosotros no lo sabemos, jamás lo entendimos, pero es así. Vivimos rodeados de dolor. Dolores inútiles, inevitables, incomprensibles.
Y otros, que son transformadores, que nos llevan a otro lugar, que nos hacen crecer, que nos han traído hasta aquí y que nos devolverán a la oscuridad.


No habrá vida, se acabará el dolor.

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