martes, 12 de abril de 2016

Mundo



Querido Diario,

He oído y lamento la noticia de la muerte de su primera esposa.
Sé que llegó a odiar a la fallecida, pero también conozco de la amarga sonrisa que esboza cuando oye las leyendas, esas que cuentan que usted esconde los cadáveres de sus anteriores esposas en el sótano cual Barbazul. Usted siempre ha sabido de ellas: que estaban vivas, que las tres eran felices, que todas se tocaban como una nota triste en el piano de sus sentidos.
A la primera fue a la que le prometió el mundo. En un barco dirección Zanzíbar, agarró su mano con suavidad y, en plena cubierta, le dijo que no concebía la vida sin ella. Era su primer amor y afortunado vivía de ser correspondido. Los dos eran jóvenes, pero sabios y prácticos, como eran las gentes de antes. 
La primera Lady Diario quiso que se tomasen fotografías de todos los lugares del mundo que visitaron durante la luna de miel. En bañador de cuerpo entero, lanzada al vacío de la piscina de un hotel, a kilómetros de donde había nacido, se inmortalizó la hoy fallecida en su momento de mayor juventud y felicidad.
Usted la amaba desesperadamente, pero se lo mostraba con calma. Entrelazaba sus manos y le prometía el mundo.


El matrimonio duró un tiempo ridículo, apenas cuatro años. Nadie de su familia en Londres ni de sus amigos en Manchester se lo podían creer. ¿Qué había pasado?
"Caminamos demasiado", escribió usted, Lord Diario, en su propio diario. "Y nos perdimos", añadió y jamás volvió a anotar nada de su vida.
Pero no era cierto. Después de la luna de miel, habían vuelto a casa y, entre quehaceres, compromisos y la simple pereza, se quedaron allí, sin intención de comprar billetes a ninguna parte. 

- Tengo miedo al mundo, a los países, a que nos maten lejos de aquí. - dijo Lady Diario, neurótica, acomplejada y aún inconsciente del problema de su marido con el alcohol.

Fue el alcohol el motivo del divorcio, pero el matrimonio estaba muerto desde el día que se instalaron en la casa de las afueras de Manchester.
Y eso, bien lo sabe usted, sucedió el primer mes, la primera semana, el primer minuto en que entraron en aquella casa y decidieron gestar una vida sin saber cómo hacerlo.


A pesar de la muerte anunciada, usted firmó el divorcio con el corazón roto, incrédulo de que el amor de su vida, aquel que pregonaba en el barco a Zanzíbar, se hubiese acabado para siempre. Y decidió volver a África del Sur, esta vez, solo. Desde Tanzania, mandó un cablegrama a su familia.

- Enviad más dinero.

Lo enviaron y fue lo último que supieron de usted durante diez años. Estará muerto, decían a sus amistades para mostrar preocupación, pero siempre tuvieron la certeza de que se encontraba bien y la verdad de que se había marchado para olvidar a su mujer.
Usted recorrió el mundo. Y descubrió que había algo cierto en los temores de su esposa: el mundo es terrible, espantoso. 
Tenía la idea de que encontraría la paz allá donde no habría rastro de la vida humana y fue donde estuvo a punto de volverse loco, entre los ruidos de la noche y las miradas de la mañana, al servicio de la implacable Naturaleza. 
Entendió que el bosque era más mortífero que la gran ciudad. Comprendió que la metrópolis puede ser más solitaria que la selva.


Vagó, vagabundeó, compró tierras en Chad, lo vendió todo en Guam, fundó una empresa en Quito y tuvieron que agarrarlo entre cinco, porque vivía decidido a embarcarse con rumbo a Groenlandia.
¿Qué escondía, tantos años después, Lord Diario? El desamor se había perdido por el camino y ahora sólo quedaba el camino, el incansable, fatigoso, devorador camino por el mundo.

- Nunca he estado cómodo en ningún sitio - oyó decir a un pasajero en un vagón de tren en Chicago, a medianoche. Usted sonrió, mientras se arropaba con el abrigo.

En habitaciones de hotel y chamizos, amaneciera ardiente o durmiese entre lágrimas, vio más allá de su huida, sin comprenderla del todo. Debía seguir adelante, porque no había posibilidad de detenerse en ningún lado. Buscaba una casa, pero los ruidos del mundo, ya fueran los grillos de la noche o las bocinas de los coches, lo empujaban.


Por este mundo, se camina a empujones, sí. Los que se reciben, los que se dan y todos los que se evitan. Caminen deprisa, señores, aquí no hay nada que ver.
Usted vio el mundo, en primera persona. No lo consumió a través de la televisión, distante y maleable. Lo saboreó y fue incapaz de digerirlo. Contemplaba las caídas y los ascensos como quien lee una novela sin desenlace. Los malos siempre volvían y, cuando usted terminaba de escandalizarse por los que aplaudían el regreso de los villanos, empezaba a llorar por los que lo toleraban en silencio. 
Fue testigo de los escenarios, de la cruenta guerra y de la apañada paz. De la comedia y el drama, de la comedia de la vida y de la vida del drama. Los delitos se escondían, los criminales enseñaban las manos, las puertas se cerraban a cuatro candados.


Cuando triunfaba el Bien, esa esperanza que le inculcaron desde temprano para que jamás se tirase por una ventana, usted lo celebraba y se sentía un poco como en la cubierta del barco a Zanzíbar: con el mundo en una promesa entrelazada. 
El bien era pasajero, el mal era arraigado, entendió y valoró aquel, porque siempre se enamoró de lo imposible, de lo dificultoso. De la utopía de las utopías, que aparecía como estrella invitada en decisivos momentos de la Historia, cuando se decía "hasta aquí hemos llegado" y el pueblo, ignorante y cobarde hasta anteayer, reverdecía y se volvía joven. 


Pero el mundo, como usted, se volvió viejo. Tornó sus ojos hastiados hacia su lucha continua, ancestral, y entendió que, cayeran unos sistemas o florecieran otros, la pregunta era la misma: ¿quién tiene el poder y cómo va a ejercerlo? 
Los grandes armazones polares se quebraron, muertos de calor, y prometieron su callada venganza. El día menos pensado, clamaron con severidad, volveremos. Derretiremos a nuestros hijos y ahogaremos a los hombres. 
Enfriaremos el desastre y retornará el glaciar hasta los Alpes, donde estaba antes de que el mundo supiera nada de quiénes serían sus genuinos habitantes, sus últimos destruidores.


Cayó la noche en el Amazonas y usted se enfermó, por fin. Yacía en una cama, tiritando, preso de todas las enfermedades posibles, roído por la culpa y el desagrado, afiebrado de lo que había visto y lo que ahora callaba. La muerte, el latrocinio, el abuso, la violación sistemática de las personas y las cosas. Ningún doctor dio con el simple diagnóstico: usted estaba enfermo del mundo.
El mosquitero le permitía entrever algo de luz en aquellas noches eternas donde se creyó al borde de la muerte. Tan lejos de casa, como temía la olvidada primera Lady Diario. Soñó con la posibilidad de una segunda esposa, de otra vida, de volver a ver a su familia.
Entonces recordó aquel rojo atardecer de Florida con la misma intensidad llameante con el que lo contempló.
Inesperadamente, por primera vez en una década, encontró la paz.

2 comentarios:

  1. Es sumamente precioso, sensible, plástico... Es Josito en su mejor momento, con su pluma más húmeda en su tinta más líquida.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Guau, muchas gracias, Carmen! Sabía yo que tú lo apreciarías. Besotes.

      Eliminar