lunes, 4 de abril de 2016

Nostalgia


Querido Diario,

Usted se olvida del pasado. Como sus compatriotas, es tradicional en modos y maneras, pero, al igual que los prohombres que crecieron en la época que depositaba su fe en el progreso, se desvive por el mañana.
Así lo piensa: el futuro es el lugar donde se conseguirán las cosas, donde evolucionarán las mentes, donde nos haremos ricos, donde seremos mejores. Usted, mi Lord, pertenece a la era del positivismo, aquello de que la historia de las civilizaciones humanas estaban imbricadas en una línea evolutiva, no sólo biológica, sino también cultural. El hombre había salido de las cavernas y llegado a la Luna en cuestión de un abrir y cerrar de ojos, bajo la torva e indiferente mirada del Universo. Esa era la prueba evidente.
Usted sigue creyendo en la evolución positiva, pese a que la Historia le contó que no es cierta y se lo recuerde día a día. 
Porque, a pesar de matanzas, holocaustos y demás señales de que la barbarie jamás abandonó la ciudadela ni su recuerdo cesó en el espinazo del espíritu humano, usted tiene otra certeza: el pasado era un lugar peligroso, no tanto por lo que sucedía, sino por la ingenuidad de los hombres y mujeres ante lo que pasaba. 
Sí, eso es verdad. Pese a que se repitan los mismos errores, una y otra vez, los ojos del ser humano ven las cosas de distinta manera. No de un modo más inteligente, pero sí menos confiado, dígase más hastiado.


Usted se olvida del pasado. Una vez le preguntaron por Marcel Proust, por Lillian Gish, por Kenji Mizoguchi, e hizo un gesto de fastidio. Dijo que eso era antiguo hasta cuando era nuevo. Corrobora esas palabras que dicen que cualquier obra maestra es un ejercicio de nostalgia y despierta tanta admiración porque conecta con una sensibilidad antigua y añorada.
Godard decía que el cine era el invento del siglo XX, pero era completamente decimonónico en espíritu. Verdad suprema.
Toda civilización adora el pasado, porque lo idealiza y tiende a repetirlo, de una manera discontinua, prestada, intuida de que el ayer es imposible de replicar. El miedo al cambio, la oscuridad del futuro, las ganas de obedecer a nuestros padres, la necesidad de detener los relojes; busque cualquier explicación y cualquiera le servirá.


Usted se olvida del pasado, sí, y menosprecia los recuerdos. Ha dicho que puede vivir sin ellos, sólo pendiente de la próxima aventura, de las próximas vacaciones, de la próxima cena en Antibes. 
Pero justo cuando se toma el lujo de no hacer nada en toda la tarde, se sorprende rememorando un momento inútil. Aquel en el que, estando en una reunión con un grupo de gente encantadora que acababa de conocer, usted metió la pata. Dijo algo indebido, algo que prefiere no repetir en voz alta, y se produjo un silencio rotundo. Hubo quien bajó la cabeza, la mayoría se sonrió por aquello de aliviar la vergüenza.
Usted recuerda ese momento, aunque fuera breve, aunque no significara nada y ni siquiera le impidiera hacerse amigo de esa gente que, después del instante de silencio, cambió de tema y reanudó la conversación. 
Esa incomodidad no la aparta de su mente jamás. Como una mota de polvo en el cristal de la ventana, aparece ese pequeño arrepentimiento, insignificante capítulo en la Historia de los arrepentimientos humanos. Entonces usted piensa que podría corregirlo, tan fácil, tan imposible, con un sencillo viaje en el tiempo. 
Usted piensa en el pasado, sí, y sabe que lo ha traído hasta aquí.


Yo puedo creer en el mañana, pero adoro pensar en lo que sucedió. 
No es novedad aliviarse con recuerdos de épocas más inocentes y prósperas, desde las que no vivimos hasta las que recordamos con memoria desmemoriada. 
Quizá la diferencia de nuestros días es la capacidad de recapitulación exhaustiva. En otras sociedades, el pasado vivía en lo que capturaban los rituales y las tradiciones, en lo que encerraban los arcones de la cultura y en los relatos de la distorsión. El pasado en el pasado era un enigma, un cuento que se transmitía de generación en generación, donde se glorificaban las guerras cruentas y se simplificaba la dureza de los tiempos.
Mi abuela era la única vieja de su barrio que decía la verdad:

- Qué dura era la vida de antes.

Todas sus comadres añoraban el pasado, olvidando que era franquista, muerto de hambre, asfixiante de represión, desprovisto de más entretenimiento que tardes de interminable costura. Pero, como muchos nostálgicos, las otras viejas identificaban el ayer con la juventud, esa que vivían de una manera distinta a lo que ahora atestiguaban sus cansados ojos en sus hijos y nietos.


En ese pasado que añoraban los viejos, también sus padres lamentaban del pasado, y así hasta que se pierde el hilo de la costura en la oscuridad de los tiempos. El mundo es nostálgico y nostalgista: siempre se añoró el día en que había paz, los estómagos estaban llenos, las cosas eran bonitas y el mundo no se había vuelto patas arriba como una tortuga mostrada de su carne larvada y picoteada. 
En este hoy que añora el pasado, también se mira a la tortuga boca arriba y se piensa en mejores tiempos como la última decada del siglo XX, previa a la eclosión del terrorismo internacional, ignorante de su condición de el arado del colapso financiero. Entonces sólo había música, vídeojuegos, películas malas y canciones viejas. Elementos de la paz. Distracción, pura distracción, sigan bailando.
Sí, somos nostálgicos. Lo soy yo también. Éramos inocentes entonces, yo también lo era. Volver al pasado, pensar demasiado en el ayer, rodearse de los recuerdos, retozar en los arrepentimientos, rememorar las ingenuidades, las inocencias, los errores, los escalofriantes descubrimientos, tantas virginidades perdidas y por perder. Una enfermedad, una plaga, un narcótico poderoso.
Entonces, yo era el mismo y era completamente distinto. Como dice la canción, todos mis problemas parecían tan lejanos.


Hoy el pasado es democrático. Si usted quiere, se viste de ayer, se lo descarga en el Emule, vive en él sin salir de casa. Es fascinante, es cómodo, incluso está de moda. Siempre lo ha estado y siempre lo estará.
Sé que no lo hará, porque usted tira todos los cachivaches para hacer sitio a las tecnologías que anuncian el futuro, ignorando que están diseñadas para procurar consuelo a los nostálgicos como yo. 
Usted que odia pensar en el pasado, yo, que tiendo a buscarlo en imágenes como si quisiera refutarlo, caemos en la verdad. El tiempo es ese villano, sí, porque ni siquiera existe tal como lo concebimos: es una idea, una ilusión, una curva que, jugetona, azuza su cola diábolica sobre la aleatoriedad de nuestra existencia. 
Recupere el ayer y yo le daré mañanas en los que pensar, sentencia el tiempo. Olvide lo que hizo y yo le pasaré la cuenta en ese futuro de fe, amenaza.
Mire atrás y quedará petrificado. Mire hacia delante y notará el roce helado en la espalda.


Mejor bailemos, mi Lord. Usted que representa el pasado y sólo mira hacia delante, y yo, que simbolizaré el hoy y me empeño en mirar atrás. Sí, dos ironías vivientes, ahora en un baile eterno que desafíe al mismo tiempo.

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