lunes, 11 de abril de 2016

Novio


Querido Diario,

Hará una semana. Mi monitora, amiga y gurú de mis progresos gimnásticos me mostraba un vídeo que habían grabado en las instalaciones, con ulteriores intenciones de subirlo a Facebook. 
Se veía a un tipo haciendo ejercicio a saco, bajo la supervisión de un entrenador. Era un ejemplo de entrenamiento personal intensivo, que puede llegar a costar unos veinte euros la hora. 
Considere que usted debe hacer cuatro días semanales como mínimo e imagínese la renta. Para la gente adinerada que quiere resultados rápidos, suele ser la opción, ignorantes de que los verdaderos progresos en estas cosas del cuerpo se consiguen gracias a la constancia, no a la intensidad.
La monitora me preguntó si adivinaba quién era el protagonista del vídeo, el caballero que saltaba, hacía flexiones, ejercitaba abdominales y, en general, no paraba. 


- No, quién?

- Es el novio de mi hermano.

- Ah.


Dígase casualidad, apuntése que vivo en un sitio pequeño. Yo conocía al hermano de mi monitora con anterioridad. Lo llamaremos Javier. Era amigo de unos amigos y le remonto doce años atrás. 
En aquel tiempo, Javier era saludado por su belleza por tantos y tantas. A mí nunca me gustó. Era el típico chico que un hombre heterosexual diría que es guapo. Bonito de un modo femenino, adornativo. Y nunca lo vi claro, ni sincero. Escondía su homosexualidad o no terminaba de confesarla sólo como un arma de poder sobre los demás. Será o no será, se preguntaban todos y todas, mientras a él se acercaban.
Mientras usaba la incógnita como un gélido imán, gustaba de la invectiva, del comentario malediciente. Javier era una zorra, sí.
Tenía sus momentos. Sonreía con sinceridad en ocasiones, pero cualquiera distaba de acertar en cuantas. A pesar de todo, más de una vez estuvimos a punto de hacernos amigos. 

- A ver si nos vemos en Madrid.

- Sí, llámame.

Éramos muy distintos. Incluso es diferente a su propia hermana, mi monitora, una chica trabajadora, sincera, tan buena que ni está de moda. Quizá porque tuvieron una educación distinta; ella siempre en colegios públicos, se casó pronto, trabajó enseguida. Él, mimado y criado en institutos privados, que le enseñaron que era mejor que mucha gente, que el dinero valía la pena, que se decía más apropiado excitarse con Ayn Rand que con Marcuse.
Ese novio es lo que se merece Javier, o lo que habría de esperar de él. Un hombre hiperactivo, pluriempresario, que se afilia al partido de derechas que le permita saltarse las reglas para sus dudosos proyectos. Siempre a tope, siempre metido en todo.
En su foto de perfil del Facebook, el novio de Javier aparece con su tupé y su mirada de pose al fotógrafo que ha contratado para la ocasión. Se define con "carácter fuerte y sincero, preocupado por las cosas".
A juzgar por los veinte euros que paga a la hora por estar buenorro, la cosa que más preocupará a esa pareja es el tamaño de sus tupés, a los que miraran cual espejo cada mañana y cada tarde.
Pertenecen a esa estirpe que sigue votando al Partido Popular, que adora lo material, que acude a exhibiciones y eventos sólo para darse tono. Gente que sí, se cree más que los demás y menosprecia a los ignorantes, los incultos, los vagos y los fracasados. Carácter fuerte, siempre a tope.
Cuando me dijo que era el novio de su hermano, me guardé el mohín de desagrado. Y me fui a casa, pensando por qué estaba tan jodidamente celoso de esos dos.


Detesto la clase a la que pertenece a esa pareja, tanto juntos como por separado, así que no se trata de un celo dirigido a ninguno de ellos. Es decir, no me gustan ni me parecen atractivos.
Los celos son más bien rabiosos. Lo de siempre: ¿por qué gente tan ugh como esa tiene pareja y yo, oh, Dios, visto santos frente a mi colección de porno gay?
Soy imperfecto, tengo mis cosas odiosas y quizá buena culpa de mi soltería sea mía, pero, Sirk mío, todos esos pedestres ni lo intentan, ni lo esperan, ni siquiera lo valoran. Estoy seguro que distan de ser la mitad de románticos que yo ni la cuarta parte de cariñosos. Yo hago unas buenas felaciones, señor Diario, se lo juro. Tengo una excelente conversación. A veces doy la razón o trato de comprender, sólo para asegurar la paz. Me gustan los tíos buenos, sí, pero, usted lo sabe, me gustan todos los tíos. He bajado el listón en tantas ocasiones que ni siquiera tengo listón.

- Donde hay amor, hay ceguera. - escribí en la solicitud.

A pesar de depurarme, de dejar de beber, de intentar ser mejor persona, de matarme en el gimnasio, de sonreír dos días de cada tres, sigo soltero y, a veces, me cae la convicción de que es bastante probable que me quede así forever.
Y esos dos malas personas, con sus tupés de mierda y sus emprendedurías de bastardo, se han encontrado en este maldito mundo.


Mi amiga Regina me dijo una vez que la gente interesante tiene los mayores problemas a la hora de encontrar novio o asegurarse una relación sentimental. Si es así, soy interesantísimo. Y si el amor es una carrera, yo soy la maldita lisiada. No hay manera, nunca la habido.
Échele la culpa al homosexualismo masculino: mucha rapidez para todo y muy pocas ganas de quedarse otro día. Échele la culpa a mi soledad crónica, a mi aislamiento paulatino, a mi cinismo contra la socialización. Échele la culpa a esperarlo o a pasar olímpicamente. Échele la culpa a la suerte.

- Hay gente que tiene suerte en el amor y otra que no. Esa es la única verdad - dijeron y yo afirmé.


Dejaré de torturarme, querido Diario, con este asunto y con el otro. He tenido mis pretendientes, todavía me ronda más de uno, aunque sea facebookeramente y con kilómetros de distancia. Hay alguno que otro que veo en el gimnasio con el que, al menos, podría iniciar una conversación. 
Ya lo dije: las distancias de la educación acortan la vida. Y también la timidez, el miedo y, sí, la procrastinación.
Se acabó el lamento, comenzó la selección. Usted, yo y todos nuestros lectores empezaremos a buscar novio. Un novio para cada uno, cual musical boyante. Hoy hacemos un casting. 
Entre nuestras consideraciones, lo canónicamente bello y lo económicamente pudiente lo dejaremos a un lado.
Porque hablamos de amor, de paz, de compromiso, de maravilla, de brisa. Y queremos de nuestro novio perfecto....


- Que sea limpio.


Sin higiene, esta negociación se suspende desde el principio. Nuestro churri ha de ser una de esas personas que se bañan a diario, se limpian el culo después de hacer caca, saben de la existencia del desodorante y tienen la impresión de que la manga no es ninguna servilleta. En el folleteo, sí le permitimos ser el hediondo rampante de los siete universos, pero cuando abandone el catre, ¡su tumba será ese bidé!


- Que sea bueno.


Los cabrones nos asegurarán cabronadas. Y los que son de los malos y quieren volverse buenos, se quedarán en el intento. Ver la villanía como algo sexy está desfasadísimo, entenderla como garantía de romanticismo es pedir por el desastre. Como leí en cierto meme, hay que buscarse un hombre que nos asegure lágrimas abajo y nunca arriba. 
Que sea noble, que mate los dragones, que abrace, que respire tranquilo, que baje a la farmacia cuando tenemos una fiebre de 40. Llámeme clásico, pero a mí me pone la bondad. 

- Que sea intrépido.


Maticemos. Que sea bueno, pero no un soso que se abutrigue en su bonhomía pasiva-agresiva. Un bueno con sentido de la aventura, disposición a la propuesta, ganas de corromperse y dibujo de sonrisa pícara cuando se promete fiesta. Que se le diga: "Jimmy, esta noche, tú, yo y los siete universos". Y que conteste: "Creí que no me lo ibas a pedir nunca..."


- Que tenga algo en la cabeza.


Sea una estatua griega o un oso de velluda hermosura que nos haga rotar la cabeza al pasar, la belleza física es una percepción pasajera y no se lo digo porque haya visto "La Bella y la Bestia" muchas veces, sino porque yo me cansé hasta de Ben Cohen.
Hay culos y pectorales de los que conviene estar muy lejos, no sólo porque encubren mentes pobres e infectas, sino también directamente vacías y flojas. Nadie pide un catedrático de Física Cuántica, pero una personalidad atractiva, una mente en acción y una ortografía soportable, sí, sí y sí.


- Que tenga un pene bonito.


Imprescindible, mi Lord. Nosotros, que estamos acostumbrados a los penes de una noche, olvidamos el importante detalle que conlleva la monogamia: la misma polla, siempre, día y madrugada, para desayunar y para cenar. Lo decisivo es que nos guste su forma, olor y sabor. Y también su tamaño. Conozca sus limitaciones en esos aspectos y recuerde que una histerectomía todas las noches no es plan ninguno. 
En cualquier caso, recuerde las sabias palabras de mi amiga Sabina Urraca: la picha ideal está en los ojos del que la mira.

- Que sea virtuoso.


El dinero no importa. Tampoco buscaremos nuestro boo en el basurero municipal, porque bonitas estamos para obras de caridad, pero hoy aplazaremos la caza de millonario para cuando realmente necesitemos pagar nuestras onerosas deudas o cuando nuestra alma pueda pasar de puntillas por el hecho de ser unas putas más o menos finas.
Lo que sí queremos es que nuestro amorcito sea distinguido en algo. Que le guste tocar el arpa, que adore desarrollar vídeojuegos de combate, que planee la biografía definitiva sobre Shirley Temple, que quiera aprender ruso o que sueñe todas las noches con llegar a la Luna.

- Que sea nuestro fan número uno.


No se conforme con lo que se conforman otros y otras. Con las críticas, con los juicios, con los portazos, con los "te voy a cambiar", con los " deberías ser de otra manera". La gente tiene tantas parejas porque se apaña con lo primero que pasa. Y, no, nosotros debemos esperar a nuestro fan número uno, el que se emocione con lo que somos y lo que hacemos, el que perdone lo que aplazamos, el que nos ayudará cuando necesitamos una imagen de Google, un móvil nuevo o una mano que nos alce tras rodar por la escalera de pura borrachez. 
Lo demás, créame, es segunda división.


Que sí, que sí, que pido demasiado, que sea limpio y agradezcamos al Cielo, cuántas veces he oído la cantinela. Se terminaron las monsergas, se acabaron los terrores. Visualicemos el logaritmo y seamos el novio que buscamos. Seamos limpios, buenos, intrépidos, cerebritos, bonitos de pene, virtuosos y los mayores fans. 
Hay gente divina en esta vida y, si se encuentran los bastardos, lancemos nuestras solicitudes sentimentales al más tormentoso de los vientos y que vuelen a través de las líneas telefónicas, allá donde se posan los indiferentes pajaritos, esos que saben más que nadie donde llega la mejor brisa. 

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