martes, 5 de abril de 2016

Ofensa


Querido Diario,

Lo hemos conseguido. Después de mucho procurarlo, uno de nuestros lectores me ha comunicado que un post nuestro le ha ofendido. 
"MUY ofensivo", ha asegurado. No entendió ni una sola palabra ni mucho menos la intención del infame post, pero nos da igual. La victoria es nuestra, el odio también. Alguien, por fin, se ha ofendido con este diario íntimo. Aplaúdase, aplaúdame.


¿El primer ofendido? Sé muy bien que hubo otras y otras que desaparecieron de mis horizontes blogueros y facebookeros por similares razones. Desconozco todos los motivos, pero entiendo que se marcharon indignados por una opinión ideológica o cultural, molestados por un chascarillo que consideraron improcedente o estragados por un comentario malentendido a raíz de sus grados de ironía. O quizá porque posteo demasiadas fotos de hombres sin camiseta.


Entiéndame: yo digo lo que me parece y, a veces, puedo sonar egocéntrico, un tanto snob. Pero quiero a todo el mundo, soy muy humano, como diría la famosa, y usted me ha visto rectificar, cambiar, recapacitar y timonear el rumbo de mis opiniones.
Le confesaré que incluso he cometido el error de asentir a lo que estaba en desacuerdo o callar por caer bien, por no molestar, por ser amado, que es lo que deseo, que es lo que todos deseamos. 
Sin importar lo que dijera o dejara de decir, en estos años, he ganado muchos seguidores, aunque he perdido otros tantos.

- Aquí no se nació para contentar a nadie, menos a quien se desconoce y mucho menos a disléxicos funcionales. - escribiré en la pared con un rotulador bien grueso y negro.

Como le he dicho: congratúlese, estamos en el buen camino. Nacimos para ser amados, sí, pero también para ser detestados, terriblemente notorious. Queremos que, cuando se diga nuestro nombre, alguien haga un mohín de desagrado, cual si fuésemos lo peor.

- Qué bien escribe, pero qué mala gennnnte.

Música para mis oídos.


Significativo que el ofendido se ofenda como la mayoría de los ofendidos de este planeta: no entendió el chiste. 
Dicen que la mayor parte del humor que nos ofende es aquel que somos incapaces de descifrar. Es tan negro y bestia que entendemos que, si hace mofa de algo muy serio, lo aligera, lo relativiza, incluso lo defiende. Como toda comedia, cada público encuentra su buena risa en la relación entre sus propios conflictos y la distorsión que considera oportuna. 
¿Es cierto que hay cosas de las que uno no puede bromear? Probablemente, pero todo en este mundo es digno de chiste, incluso aunque éste no haga ninguna gracia ni a nosotros ni a la mayoría de los públicos.
Estos, en masa o en disolución salina, denuncian lo que cuenta una verdad, mientras prefieren las mentiras degradadas que procuran sus bienintencionados ministerios. Es una situación previsible, incluso compartida. Yo también me ofendo, por casi cualquier cosa que contravenga mis opiniones. El problema es la pobreza de pensamiento que arrastra, la escasa lucidez que denota y lo venenoso que es para la creación artística.
Sí, en la época de la corrección política, los escritores estamos presos de la autocensura y el alto grado de escandalización pública. 
Desde siempre, las novelas, las películas, los programas televisivos han hecho levantar más teléfonos que las fechorías de los poderosos. En los últimos tiempos, todos los medios viven libres de censura tradicional, pero existe la propia, la asistida, la procurada por el bienpensar. Es imposible publicar algo sin concurrir en la línea oficial de pensamiento iniciada por el Ministerio de Asuntos Sociales, diríase también que casi imposible de pensarlo y llevarlo a cabo. 
El mundo está tan lleno de alarmas que nadie se puede inmiscuir en el meollo de la cuestión sin mojarse hasta la bandera.
Para triunfar y ser feliz, hay que denunciar el mal de la manera más básica, más superficial, más rectangularmente correcta. 


Se pensaba que las viejas cortapisas cayeron, pero se han sustituido por otras nuevas. En las viejas películas, jamás se habla de sexo. Ahora se hace continuamente, pero bajo precauciones, bajo la necesidad de contentar y nunca ofender. 
Entienda la magna diferencia: se confunde por apología lo que simplemente es un retrato.
Permítame el manido ejemplo: una novela como "Lolita" fue un escándalo en los años cincuenta, pero hoy sería impublicable, impensable, imposible. 
Sería por caer en el mismo error. ¿Quién en la sala considera que "Lolita" defiende la pederastia? Cualquiera que la lea y la entienda, sabrá que la pederastia ni siquiera es el tema de la novela, sino la naturaleza humana expuesta en su más sórdido momento, o cómo el deseo por lo inalcanzable nos destruye poco a poco.


Una obra tan sofisticada, deliciosa y totalmente masterpiece como "Lolita" se disculpará en una biblioteca porque es un clásico, pero se condenaría visceralmente si algo parecido se estrenase, de repente, en el Amazon contemporáneo. No hay nada en ella que sea pornográfico - como si lo hay en media literatura romántica que explota escenarios de violencia sexual -, pero la relación del público ante ese rosario de verdades sí es porno, sí es obscena. No la entienden, se ofenden por ella, se excitan a la vez.
Sí, debe existir algo sexual en nuestra relación con lo ofensivo. Al fin y al cabo, es un conflicto y, en todo conflicto, hay un nudo, una tensión, una represión. 
Ese escenario ha de explicar la dinámica entre ofensas y correcciones que vemos día a día, en los medios de comunicación, siempre tan sexualizados, tan encarnizados. Alguien dice una bestialidad, recibe un varapalo, debe corregirse. 
El problema no es la existencia de la corrección política, sino la necesidad de ofender, la facilidad de ofenderse y el público que contempla el enfrentamiento.
Las correciones son inevitables en esta época que vive con el puño cerrado, esperando para golpear.


Ya lo decía a propósito de eso llamado "sentimientos religiosos" que esgrimen los supremos ofendidos: si estás seguro de tu amor a Dios, ¿por qué perseguir, denunciar y ajusticiar a quienes lo dudan, parodian o vituperan? Si la fe es profunda, el amor lo es también. No hay necesidad de demostrarlo, a menos que exista una duda en el fondo de esa devoción y aquella guste de aplacarse con exabrupto, protesta y teléfono descolgado.
Apunte también la relación entre dudas íntimas y protestas públicas. Cuentan la mayor parte de la reacción ante las películas, las series, los libros más escandalosos. Glosan verdades indigestas para la sociedad, que espantada por lo que ve, se protege en las cuotas de moralidad o en su necesidad de proteger a sus inocentísimos vástagos.


Cualquier censura, la propia y la ejercida por otros, despierta a un sentimiento de cobardía, articulado a través de la incomodidad y el asco. Y esa cobardía es la enemiga de toda manifestación artística. Repito: los artistas no somos ministerios, ni siquiera deberíamos ir con buenas intenciones. Estamos y vivimos para hacer explotar las mentes de nuestros lectores y espectadores, no para relajarlos con las narcóticas mentiras que ya les venden otros.
Y, a quien no le guste, que siga su camino. Aquí no es bienvenido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada