lunes, 29 de febrero de 2016

Oscars


Querido Diario,

Hace muchos años, tantos que el tiempo se pierde en el cálculo, Hattie MacDaniel, una afroamericana oronda y de ojos tristes, ganó un Oscar. 
Sucedió en el restaurante Coconut, donde la sentaron en una mesa apartada, a ella y a su acompañante. Ella, con un floripondio en la cabeza, agradeció el galardón con humildad de raza menoscabada y pañuelo en mano.
Aunque la corrección política era sorteable en aquella época, su comunidad ya se escandalizaba con las dudosas representaciones de la América negra y detestaba los papeles de sabihonda criada/esclava que Hattie incorporaba. De hecho, le dieron la espalda a esta pionera, que así se sinceraba:

- Prefiero interpretar a una criada que ser una.


La ocasión se celebró en 1940, cuando mi abuela andaba por la veintena, el mundo ya era mundo y Olivia de Havilland, que perdió en favor de la negra en aquella edición de los Oscars, ignoraba que los sobreviviría a todos.
El primer Oscar afroamericano fue una anomalía, como lo serían todos. Hasta los sesenta, no se volvió a repetir el milagro, cuando Sidney Poitier, la primera estrella negra por derecho propio y el primer hombre en incorporar negros fuertes, dignos, inteligentes y orgullosos se subió al estrado a por su premio.
Los Oscars ya eran distintos. En el tiempo de Hattie, los resultados se publicaban en prensa quince días antes y la televisión no existía en los hogares. En los sesenta, el Oscar era un acontecimiento público.
Pero desde las primeras ediciones, los premios de la Academia han sido tan queridos como disputados. Tan mediatizados por la actualidad, los intereses promocionales y los tributos debidos, los Oscars fueron, desde el primer día, más un producto de su tiempo y sus momentos que un garante de mérito cinematográfico. 
Nunca fue enteramente culpa suya; premió lo que se le señalaba, lo que le pedía el corazón, lo que había olvidado el año anterior, lo que, por entonces, se consideraba calidad, prestigio, intención, voluntad. 
Los Oscars aman la esperanza, por encima de todo, por eso premiaron a Hattie MacDaniel, porque su Mammy sobrevivía tanto como Escarlata. 


Hablamos de "Lo Que el Viento se Llevó", claro, que no sólo ganó diez Oscars, sino que, inflación ajustada, sigue siendo la película con mayor recaudación de la Historia.
Señalada como una película absurdamente racista, que idealizaba el decadente Sur que pereció a la Guerra de Secesión, "Lo Que El Viento se Llevó", no obstante, es una rareza en el cine de su tiempo, porque aparecen más negros que en el noventa por ciento de las producciones mainstream - ¡juntas! - de casi dos décadas, y además está protagonizada por una zorra caprichosa que se sale con la suya y, aún así, no se la puede calificar más que de heroína.
Ni afroamericanos ni mujeres de verdad ni muchas más cosas de la realidad han sido interés de una industria heterosexual, blanca, machista y reaccionaria que, aún así, ha luchado contra todo eso y lo sigue haciendo, como si, culposa, entendiese que lo que ignora es precisamente lo que le da color a la vida.


Si este año la Academia de Hollywood olvidó a los actores afroamericanos por racismo, porque ninguno lo merecía o porque no tienen las suficientes oportunidades, la incógnita quedará resuelta en la próxima edición cuando haga un esfuerzo. Un esfuerzo, como todos los que hace: político, fingido, también espectacular.
Los justos apuntes de Chris Rock sobre la pervivencia del segregacionismo a varios niveles en la sociedad norteamericana se traspapelaban con su sobreactuación. Había momentos en que el caballero me recordaba a uno de los negros de "Lo Que el Viento se Llevó". El simpático abrasivo, que no sabe hablar muy bien y viene a recordar a los amos que todo se lo llevaron los yanquis.
Me consta que Chris es mucho más que el papel de cómico colegacho que practica a menudo - brillante su intervención en "Empire", por ejemplo - y me pregunto si, para vindicarse, uno debe sobreactuar quién es, en lugar de desafiar precisamente el rol establecido: esa mesa apartada en el Coconut Grove.


Más que el discurso, me soliviantó la brocha gorda, ese implacable mal gusto que se ha adueñado del espectáculo, en general, y de las ceremonias de premios, en particular. A Chris se lo llama para amonestar a los dueños de Hollywood por blanquitos asquerosos, igual que se demanda a Ricky Gervais para que los escandalice británicamente. 
Tanto uno como otro son esa fusta que se propina una sociedad, un público y una industria, que antes que racista y rancia, es una voluntariosa masoquista, tanto en la elección de sus presentadores como en la selección de sus películas más queridas del año.
El racismo era plato y guión de la ceremonia, entre chistes que funcionaban y otros que patinaban. La realización era desmañada y el libreto no tenía demasiada gracia, pero el insufrible overacting de las pasadas ediciones vivió más controlado. Así, la gala fue aburrida, pero correcta, nunca estridente, con cierto intento por la progresión, más que adoración por la histeria.
El gag más conseguido de la noche, también por significativo, fue aquella encuesta que hizo Chris Rock a los asistentes de un cine frecuentado por afroamericanos. Más por las intenciones reivindicativas del experimento, destilé esa verdad: la gente no conoce las películas nominadas a los Oscars.

- Yo voy mucho al cine y no sé de qué películas me estás hablando - decía una mujer.


Alegue usted ignorancia, pero ahí está la clave de los últimos años y la gran diferencia con los tiempos de Escarlata O'Hara: las películas no marcan, no son lo suficientemente populares, se olvidan, en todo caso, de un año a otro.
Es por ello que el público sea incapaz de contestar a la pregunta sobre qué título ganó el año pasado, pero tenga tal increíble recuerdo de "Titanic", a la que se considera presente, casi contemporánea, cuando cumplirá la friolera de veinte años en el próximo 2017.
"Titanic" debió ser la última película oscarizable y súper comercial que, además, se mete en la memoria colectiva. Al menos, es un fenómeno que ya no sucede de manera habitual. Diga que la calidad del cine en general ha disminuido o acháquelo a Internet, que acelera nuestro mundo de por sí acelerado.


En cualquier caso, el cine, el buen cine, aparece en retrospectiva. Es probable que se hayan hecho grandísimas películas en los últimos tiempos y la mayoría las desconozcamos. Sucedía en los años gloriosos, ojo. Hoy revisitamos lo mejor de entonces y, de ello, poco fue exitoso y ni estuvo planteado como premiable en las mesas de los académicos.
Deprímase porque un director tan fatuo como Alejandro González Iñárritu tenga dos Oscars y anuncie que el cine está muerto, pero no olvide que emblemáticos directores de toda una época como Hawks, Ray y Sirk jamás se alzaron con una nominación ni una sombra de ella. 
El recientemente fallecido Andrzej Zulawski era un genio y los Oscars no lo incluyeron anoche en el In Memoriam, porque no saben quién es.
Como le he dicho, los Oscars son producto de una especificidad, no de una clarividencia artística sin parangón. Si busca algo de lo último, enganche con festivales u olvídese de estos fastos.


Internet define mucho de lo que pasa con los Oscars, pero, joven y atolondrado, tiene poca memoria. 
Se confunde y cree que Leonardo DiCaprio había perdido en muchas ocasiones, mientras olvida que el prestigio de Leonardo como actor es relativamente reciente. Recuerde los años circundantes a "Titanic": el fiasco de "La Playa", el abucheo que recibió su premio en Berlín por "Romeo y Julieta" o la ausencia total de gifs cuando la película del transatlántico recibió catorce nominaciones y ninguna para su encantador héroe. Ya, en esa época no había gifs, pero sí contenedores de lo más flameables.


Otros actores, actrices, directores y técnicos han perdido el Oscar de maneras más escandalosas, o al menos, más notorias.
DiCaprio no fue favorito en ninguna ocasión anterior y, de entre ellas, su mayor opción real fue la primera vez, cuando lo nominaron por el niño retrasado de "¿A Quién Ama Gilbert Grape?", vencido por Tommy Lee Jones en "El Fugitivo".
Por entonces, Leonardo comentó que adoró perder, porque le puso muy nervioso la ceremonia. Lobo solitario donde los haya, DiCaprio no es el rey de la fiesta, ni mucho menos. Tiene pocos amigos en la profesión, va a todas partes rodeado de guardaespaldas y, en cierto sarao, una modelo le estalló una copa de cristal en la cabeza en plena bronca. Pareciera que Leonardo se interpretó a sí mismo en "Celebrity", verdaderamente.
Pero Internet no recuerda, sólo bromea y sentencia, y DiCaprio - por otro lado, un actor excelente y un leading man infalible -, ha sido el primer ganador del Oscar a razón de memes, todo un antes y después en la historia de estos locos premios.


La amnesia de la juventud reapareció con el cantante Sam Smith, desafinado en su actuación y poco hábil en su discurso de agradecimiento. Se dijo el primer oscarizado abiertamente gay, olvidando no sólo al guionista Dustin Lance Black, sino a nombres como Pedro Almodóvar, Melissa Etheridge o John Schlesinger, que eran homosexuales cuando nadie te aplaudía por manifestarlo.


Quizá debió ceder su poco merecido Oscar a Lady Gaga, que dio - esta vez, sí - una poderosa interpretación de una canción con significado. Al final, se acierta cuando se cuenta alguna verdad.
La denuncia de la cultura de la violación a ritmo de canción fue lo mejor de la noche, la cúspide de emoción a la que se llegó con tranquilidad. Y también habló de la mayor y verdadera cuenta pendiente: el machismo.


Cuando se desfilaba la alfombra roja, yo vivía azotado por los comentarios que un crítico de moda estaba vertiendo contra las actrices por la ropa que llevaban puesta. Machismo éste agazapado tras su homosexualidad y tolerado por ella. Ayer y hoy denuncio ese desprecio de señoras como Kate Winslet o Jennifer Jason Leigh, entendidas como ganado que pasea trapos.
Y compare las atocinadas caras de DiCaprio y Russell Crowe con las demacradas facciones de las mencionadas: aquellos no paran con las hamburguesas, mientras ellas rezan porque el presentador no cite sus bragas para hacer un chiste.


Al respecto de la pedrea, que fue debida y cumplida, está lejos de la sorpresa, aunque la propiciara en el último momento.
La starlet Alicia Vikander culmina un impulso que espera ratificarse y no entorpecerse con esta reválida.
La cuenta del tributo se pagó con Leonardo, pero se impuso mérito por encima de standing ovation en la categoría de actor de reparto, donde perdió Stallone y subió el tranquilo Mark Rylance, sombrero y modestia, que parecía recordar tiempos perdidos, como la misma película que le ha permitido alcanzar ese premio.


Viví pendiente de los encantos de Fassbender, claro. De Ryan Gosling, también, y del padre del niño de "Room", revelación maromial de la noche.
Creí que me dormiría a eso de las tres y hasta las seis soporté con facilidad, tras un cuidado refrigero a medianoche, al calor de una estupenda estufa y mi televisor, con el que precisamente estaba ayer de tercer aniversario desde su compra.
¿El año que viene? Más Oscars, por supuesto.

viernes, 26 de febrero de 2016

Revolución


Querido Diario,

El otro día tuve un sueño, viejo, terroríficamente conocido, parecido a otros tantos, pero cobrado de un distinto sentido. 
Usted sabe que yo no conduzco. Intenté aprender hace un año y le tomé más miedo del que ya le tenía. Soy poco hábil para el reflejo y escasa utilidad le encontré al complejo invento. Donde esté el transporte público, allí estaré yo. Está lleno de historias, no contamina y, si se estampa, no será culpa mía.
Creíame con la voluntad de aprender a conducir y nunca volver a soñar con estar al volante de un automóvil que no sé manejar. Como nunca aprendí, al menos del todo, he soñado otra vez.
Conducía un camión, esta vez, por carreteras del norte, llenas de neblina y curvas. Era incapaz de manejar los pedales, sólo agarrarme al volante y esquivar los obstáculos como si fuera un imperfecto vídeojuego. La velocidad era nivel Mad Max; el camión se decía propiedad de Pablo Iglesias.
Cada vez más rápido, era increíble cómo podía seguir vivo, buscando con desesperación una autopista. Di con ella, llevándome por delante a dos limusinas accidentadas en la cuneta y varias señales. Soñaba en el sueño con llegar a casa, pero más autopistas, más carreteras me esperaban.

¿Soñé acaso con la revolución, querido Diario?


Es increíble lo mucho que nos hemos radicalizado en los últimos tiempos, ahora que lo pienso. Tan moderados y dormidos hace diez años y ayer me encontraba usted solicitando información para afiliarme a Izquierda Unida. 
Dicen en sus estatutos que nadie que defienda el modelo capitalista podrá unirse a ellos. Dudé un instante, como si el anterior y moderado yo reapareciese. Bastó una crisis, bastaron todas las crisis. Antes desoía a mis enfervorecidos amigos, que clamaban por reformas electorales y denunciaban las mafias que copaban los puestos públicos, justo todo lo que ahora cultiva nuestro día a día, nuestra indignación, nuestra humillación. Ir hacia delante, sin pedales, ¿quién dijo miedo?
Nadie que clame por la revolución sabe lo que significa, escribí en cierta ocasión. Y es cierto: cuando se desate, no será pensada ni planeada. Será inevitable, como un castillo de naipes que se derrumba, que aplasta a unos y levanta a otros. No habrá agenda ni resultado a calcular. 
A veces pienso que mejor me atrape muerto. Otras, que, con todo lo que leo y contemplo a diario, este mundo no aprende ni aprenderá, lleguen mil o dos mil revoluciones. La gente no es exactamente mala, es demasiado tonta, que, a efectos prácticos, es peor y más peligroso.


Fantasee usted con la revolución y piense en el tiempo que cerremos el Facebook, cuando caigan las convicciones del modelo, cuando sucumban las viejas ideas, cuando se desconfíe de la seguridad para creer en el mañana.
Comprenda lo complicado: jamás nos hemos leído las condiciones de uso y las hemos aceptado todas.
Traducía hoy un texto sobre las condiciones de uso de una página web y descubría alarmado el proceso por el que nuestros datos personales son enviados a lo largo y ancho de Internet. Se puede requerir que no se haga, pero, como siempre le damos a Aceptar sin leer, nunca seremos conscientes de cuánto saben de nosotros los que mandan. Puede que hasta se anticipen a cualquiera de nuestras acciones, cotidianas o extraordinarias. Somos como sus hijos díscolos y caprichosos. Ya encontrarán algo con que contentarnos, porque nos conocen a la perfección.
¿Cuál será la escapatoria? La escritura y el pensamiento, los dos faros de la resistencia, allá donde esté y cualquiera sea su forma. Escondidas, silenciadas, incluso rubricadas en la pared de una prisión, las palabras transformaron el mundo y lo siguen haciendo.


Quiero creer que esa fue un día la manera de saltarse las señales y desafiar el miedo del mundo a conducir hasta su destino.

jueves, 25 de febrero de 2016

Píldoras


Querido Diario,

Ay, mi lord. Este mismo mediodía, el señor dentista me ha extraído dos muelas del juicio - llámelas cordales y sea usted fino -, por lo que mis aspiraciones de cordura y madurez, según el rancio saber español, serán inútiles a partir de ahora.
Calle y no lo cuente, que la primera muela salió con facilidad, pero el calvario de la segunda, del lado derecho, inasequible a la anestesia, me recordó a lo que vinimos a este mundo y olvidamos tan a menudo cuando somos jóvenes y saludables. Oh, el dolor, el mísero dolor.


Como esta boca conoce más y peores batallas dentísticas, el post-partido ha sido benévolo, pero me he tenido que tomar un descanso sensible.
Y no estaba la semana para descansos. Entre el trabajo, los objetivos de lectura y escritura marcados, el gimnasio, las torturas dentales, los compromisos familiares y el regreso de este blog, estoy por apagar la semana ahora mismo. Oh, la semana, la infausta semana.
De manera milagrosa, he encontrado tiempo para las pantallas e incluso para contarle lo mejor.

- Qué decepcionante es Carol. Como venía intuyendo, Todd Haynes es ya un director asimilado por la industria de qualité, al servicio de los Weinstein. ¿Dónde queda el atrevido de "Superstar" o "Velvet Goldmine"? 
No hay nada más desconcertante que una película sobre emociones que no emocione ni interpretación más descacharrante este año que la de Cate Blanchett. Un travesti con insomnio debió ser su lectura del personaje. ¿O quizá se le traspapeló el guión de "La Chica Danesa"?


- A propósito de Weinstein y qualité, se aproximan los Oscars. De hecho, se celebran este domingo, a altas horas de la madrugada en horas españolas. Ay, Dios mío, y yo con estos pelos y estos dientes. Sin verlo todo, pero vivido y curtido en muchas noches oscarianas, hago mi predicción y enumero mis deseos:

PREDICCIÓN

Película: El Renacido

Director: Alejandro G. Iñárritu, El Renacido



Actor Principal: Leonardo DiCaprio, El Renacido

Actriz Principal: Brie Larson, Room



Actor de Reparto: Sylvester Stallone, Creed

Actriz de Reparto: Alicia Vikander, La Chica Danesa



DESEO

Película: Brooklyn

Director: George Miller, Mad Max: Fury Road



Actor Principal: Leonardo DiCaprio, El Renacido

Actriz Principal: Saoirse Ronan, Brooklyn



Actor de Reparto: Tom Hardy, El Renacido

Actriz de Reparto: Jennifer Jason Leigh, Los Odiosos Ocho


Como intuirá, mis predicciones caminan sobre seguro, - los Oscars también lo hacen -, mientras muchos de mis deseos son puro descarte. 
"Brooklyn" y "Mad Max: Fury Road" son lo que más me ha gustado de lo que visto y, aún así, las dos no pasan de un 7 en mi calificación de FilmAffinity. Y mi amor por DiCaprio y Hardy vive más en sintonía con mejores películas que "El Renacido".

- En cuanto a la actriz secundaria, podría incluir un pie de página generoso para Kate Winslet por "Steve Jobs", tanto en predicción como en deseo. Puede ganarle la batalla a Vikander - prácticamente están empatadas en apuestas -, y me encantaría que la noche fuese de Kate y Leonardo, la pareja inolvidable de "Titanic", esa película que ganó 11 Oscars y se olvidó de la llave de su poder: sus dos protagonistas.
Como soy un yonqui de "Titanic", gran espectáculo que el tiempo ha tratado con justicia, entenderé que si ganan Leo y Kate, no serán 11 Oscars, sino 13.


- La actualidad puede llenarse de Oscars, pero también de proyectos y retornos. Ya tenemos la primera foto de Baywatch, la adaptación cinematográfica de "Los Vigilantes de la Playa", que protagonizarán Dwayne "The Rock" Johnson y Zac Efron. Es decir, un festival de músculos para refutar la idea de que el cine se inventó para masturbarse.
Sólo la idea ya fue para abanicarse, imagínese el resultado.


- Otro bello en portada es Sam Heughan, el pelirrojo escocés que interpreta al héroe de Outlander, la serie histórico-fantástica que encanta a todas mis amigas. 
En la portada del Entertainment Weekly, se anuncia el retorno de la serie y los protagonistas aparecen en actitud de romance Harlequín, con él especialmente espectacular. Me quedé a mitad de la primera temporada, pero ese torso invita a retomar.


- Me Enamoré de una Bruja es lo más divertido que he descubierto en cuanto a cine clásico. Es la segunda y más ligera reunión de James Stewart y Kim Novak, mejor recordados en la turbulenta "Vértigo", de Hitchcock. 
En esta comedia de brujas y hechizos sentimentales, él, como en "Vértigo", luce igual de viejo frente a la devastadoramente hermosa Novak, pero la diferencia de edad entre los galanes del cine y sus chicas era moneda de curso en los años cincuenta. 
Sin ser la gran cosa, el reparto hace parecerla - también están Jack Lemmon y Elsa Lanchester - y, si tengo un gato alguna vez, no dude que lo llamaré Pyewacket.


- ¿Soy el único que no quiere que se acabe The Good Wife? La firmaba por tres temporadas más. Qué capitulazo el del lunes, señor mío.

- De porno gay, ando muy enamorado del súper macizo Dino DiMarco, abundante carne y hechuras de bellezón italoamericano. Trabajó en los años noventa y de ahí la siguiente portada, donde se le ve en plena sesión de sexo telefónico. Cosas del siglo pasado.


Esta boca baqueteada se cierra hasta nueva orden, mi Lord. Que sus amaneceres sean brillantes y sus noches, anestésicas.
Antes de apagar la luz y, por si alguien en la sala se ha quedado con necesidad, más Tom Hardy.

martes, 23 de febrero de 2016

Madrid

  

Querido Diario,

Anoche soñé que volvía a Madrid. Me encontraba en medio de una mañana de sol brillante y vello erizado de frío, tan Madrid, camino arriba de la Gran Vía, desde Plaza de España. 
La calle vivía vacía de coches, como si el tráfico hubiese sido desviado en mor de un desfile, una competición deportiva o, quiérase el sueño, mi regreso.
Entraba en un restaurante de comida rápida, una de esas franquicias arracimadas en la vasta calle, despreciadas por los habitantes locales, visitadas por los turistas y los recién llegados. Yo acababa de llegar; era lógico que estuviese allí. En la barra, la camarera servía desde una humeante cafetera a mi taza vacía y buscaba mi complicidad con una sonrisa, señalando con la mirada a uno de los clientes. Era un famoso.

- ¿Crees que es cierto que está liado con Kate Hudson? - me decía la camarera, entre las risitas propias del chisme.

Tan Madrid. Una camarera que quiere ser tu amiga, un famoso al alcance de la mano y todos los presentes hablando de él.
En los instantes antes de despertar, creí que nunca había abandonado Madrid. Sólo había vivido de espaldas a la ciudad, sin visitar sus lugares característicos, recluido en mi casa y en mi barrio. Tan Madrid: vivir de espaldas a la propia Madrid.
Cuando desperté, recordé y, como una tonelada de plomo que esperaba sepultarme en las sombras del sueño, sentí lo lejos que estaba de Madrid. Dos años han transcurrido desde que marché de la ciudad.
Como una certeza aún más amarga, me dije: oh, nunca volveré a Madrid, aunque vuelva. Porque, para mí, Madrid fue una idea, unas calles, un reloj que marcó muchas horas.


El otro día, en el gimnasio, por la mañana, sonó una canción. "Missing", de Everything But the Girl. And I miss you, like the deserts miss the sea. Sucedió antes del sueño. De repente, volvió Madrid. 
Ese Madrid que olvidé en una siesta, ese lugar al que renuncié para seguir viviendo.
Esa ciudad tóxica y extrema, que casi me mata, que me dejó exhausto de soledad, pero que un día, oh, un día lo fue todo. Y lo fue todo en tantas noches, como aquellas donde bailaba "Missing" y la vida era una fiesta imparable.

Durante varios años, viví en un estudio muy pequeño, semisótano, desde donde podía ver los jardines de Debod y un poco del cielo, mientras desfilaban los zapatos de los transeúntes, que quizá no reparaban en quién vivía allí abajo.
Hubo quien miraba y, en cierta ocasión, encontré un trozo de papel, tirado desde la ventana, que decía:
"Al chico que vive aquí. Eres muy guapo. Llámame."
Adjuntaba el teléfono. Yo, siempre tan halagado por Madrid y sus promesas, le envié un sms. Nunca me contestó, quizá porque le pregunté si él también era guapo. Tan Josito.
Aquel era un apartamento minúsculo, circundado por vecinos ruidosos, y donde había que encender la luz durante todo el día, pero fueron los mejores años que pasé en Madrid y, sin duda, los mejores de mi vida. 
Fueron los años donde estudiaba en la Escuela de Cine y después vendría el tiempo en el que, de repente, tuve una vida sexual de lo más ajetreada. 
Allí los llevaba: a mis amigos de la Escuela a beber y a reír, y también a los chicos. Unos y otros se confesaban sorprendidos de que yo pudiera vivir en ese espacio, pero hubo quien le encontró la gracia, como se la había encontrado yo.


Era un nido, casi un útero, del que tuve que salir de manera obligada, porque pasaba demasiado tiempo allí dentro y me estaba volviendo loco, además de que la casucha se estaba cayendo a cachos.
Estaba en la calle Estanislao Figueras, una callecita sin importancia, donde sólo despuntan un taller mecánico y una peluquería. 
Cuando agregué en Facebook a uno de mis amantes ocasionales, vi que se llamaba de segundo nombre Estanis. Le mencioné la coincidencia una noche, en la que nos volvimos a encontrar, tendidos en la cama, abrazados.

- Yo no me llamo así. - me contestó - Me lo puse por ti, por la calle donde vivías.

- ¿Por qué?

- Porque estoy enamorado de ti - y se echó a llorar en mis brazos.

- ¿Por qué lloras, tío? - pregunté como quince veces y flipando como mil.

- Porque te quiero, tonto - me dijo y me besaba, me apretaba, como si le diera rabia.

Yo siempre estuve dispuesto a corresponderle, pero él nunca quiso lanzarse. Le daba miedo. Aseguraba que era un golfo y mejor me olvidaba de él. Le pregunté una noche por qué no quería salir conmigo si era lo que deseaba y no contestó. Tal vez tenía razón: era un golfo, mejor me olvidaba de él.
Cuando anuncié, hace exactamente dos años, que me iba de Madrid, me escribió y me dio las gracias. Nunca se había sentido tan deseado por nadie antes de conocerme y, según él, yo le di la autoestima que no tenía. Me echaría de menos, me dijo entre otras cosas bonitas.


Yo, como todos los recuerdos de Madrid, lo endulcé. Y así, muy pronto, dije que Stanis era el hombre con el que más veces había estado en mi vida, esa constante, aquel que siempre me miraba como si viera lo más apetecible del mundo. Yo tampoco me había sentido tan deseado hasta que lo conocí a él. 
En la mitificación, olvidé muchas cosas malas de él, como lo machista que era, lo incómodo que me hacía sentir en ocasiones o esa persistencia en apartarse de mí cuando sólo quería estar conmigo.
Tan Madrid, y de la manera que suceden las cosas en Madrid, todo quedó extraño, esfumado en el amanecer, carecido de importancia, supeditado a la presura de la gran ciudad.


Yo adoraba Madrid, su grandeza, su imponencia casi fálica. El metro, el bullicio, los comercios, los cines, los doscientos mil bares.
Fueron días duros aquellos primeros tiempos, porque era ingenuo y jamás había estado fuera de casa más de una semana, pero, al contrario que en otros viajes míos, allí no cejé, porque allí quería estar. 
Quería Madrid, pese a las desilusiones, pese al clima extremo, pese a que, desde el principio, era una ciudad que no me sentaba bien. 
La sequedad arrasó con mi piel durante el primer mes, el garrafón se cargó mi estómago a los siete años. Y, cuando contraje paperas a los diez años de vivir allí, comprendí por fin que Madrid era un veneno que acabaría conmigo, tarde o temprano.


En Madrid, vivía gente que amaba hablar, emborracharse, amistarse, follar, volver a verme. Adoraba la ciudad, porque era posible, estaba llena. Al contrario que en mi tierra, el amor estaba en cualquier parte, al doblar la esquina, en un callejón, tras una mirada.
Todo, como Stanis, como la calle que lo rebautizó, desapareció, con cierta crueldad. Las amistades, los hombres, las promesas, el esplendoroso futuro laboral. De la noche a la mañana, estaba solo. 
Caminaba por calles distintas, abrigado en las noches de invierno, sudado en las tardes de verano, dando aplausos como un monito loco calle abajo cuando la selección de fútbol ganaba todas las copas y yo me bebía todos los gin-tonics. Había olvidado "Missing" y también el motivo de mi estancia allí.
Me había hecho mayor, pero seguía teniendo miedo y vivía aferrado a las rutinas, adicto a las pantallas, de espaldas a Madrid. Caminaba por ella, sin sentirla. En los últimos tres años, sencillamente la detestaba. 
Es triste que tenga tan pocas fotos de mi vida en Madrid. Hay algunas de las visitas de mis padres, pero casi ninguna de las verdaderas vivencias, de las risas, de las eternas fiestas que empezaban a la hora del almuerzo y acaban al alba del desayuno. 
Sólo en los últimos tiempos, con la webcam y el smartphone, me hice algunas, pero sólo salgo yo, en el apartamento de Ópera. Ahora miro esas fotos y me devuelve aquella sensación de enclaustramiento, de silencio y de progresiva, imparable tristeza.
Las últimas son desoladoras. Aparezco realmente hundido, como si ya ni siquiera esperara aquellas llamadas telefónicas que jamás llegaron.


Seré honesto. En todas las épocas de mi vida en Madrid, hubo buenos momentos e instantes como ése, vacíos, melancólicos, cansados. La gran ciudad me propició una tristeza que yo desconocía, una depresión crónica que venía un día y se iba hasta el mes siguiente. Era lo que me agotaba, lo que me fatigaba. La ciudad no es para mí, pensaba y pienso, y quizá ese agazapado sentimiento me invadió cuando llegué a Londres. Aquello era peor, mucho peor. 
Madrid, en todas las carencias que tuve en ella, me enseñó más cosas cuando peor lo pasaba. Fue la gran ciudad quien me enseñó a ahorrar, fíjese. También a tener paciencia, a saber renunciar, a ordenar mi habitación y limpiar mi casa para poder afrontar la vida, a guardar silencio, a ser honesto, a valorar la tranquilidad. La soledad dejó de ser un problema, créame, porque, al final, supe que el saldo resultante se calculaba entre la responsabilidad propia y las inevitables circunstancias.

- Viví en Madrid en el mejor y en el peor de los tiempos, tanto para la ciudad como para mí - dije y cerré el libro. 

Nunca volveré al Madrid esplendoroso, derrochador, lleno de noches y oportunidades, porque murió con la crisis. Y sé que aunque vuelva la barroca prosperidad, yo no seré el mismo. Echo de menos Madrid, le dije a mi madre desde Londres, pero no el Madrid que dejé, sino ese que vivía elogiado en mi memoria. 
Echaba de menos otra versión de mí mismo. El pasado, nuestra historia, que es lo que define los lugares donde hemos vivido y crecido, o aquello que los hace imponentes, insuperables, dolorosos.


Anoche soñé que volvía a Madrid, querido Diario, y en las próximas semanas, regresaré. Tengo el dinero ahorrado. 
Compraré un billete y, en cuestión de un mes, recorreré la Gran Vía. Llegaré hasta Chueca. Llamaré a mis amigos, porque algunos quedan. Beberemos vino, reiremos, les diré que no pienso volver.

- Sólo estoy aquí por unos días. 

Lo contestaré entre dudas, porque las dudas siembran el camino de ida y vuelta, siempre pendiente del próximo capítulo y la necesaria aventura. 
Mi vida carece de sentido, mis sueños se resisten a cumplirse y me hice mayor sin darme ni puta cuenta pero, coño, qué bien me lo he pasado.

lunes, 22 de febrero de 2016

Renacer


Querido Diario,

Mi querido, querídísimo Diario. Creí que perdería el sendero hasta usted y sería incapaz de regresar. Dicen que los escritores son aquellos para los que el acto de escribir es más complicado que para el resto de los mortales. Si es cierta la paradoja, apúnteme en la lista.
Hoy no llamaré a ese acto como algo doloroso; en realidad, escribiendo se aplaca el dolor. Pero toda acción requiere determinación, incluso la que implica la cura, la salvación, la paz.
Le confesaré un secreto: en los últimos tiempos y en períodos de tres ó cuatro meses, se me ocurren ideas, muchas ideas, para películas, para novelas, para historias. Le doy vueltas a esas ideas, antes de dormir, subido a la bicicleta elíptica, de camino a casa. Me emociono con ellas cuando se forman historias, escenas, personajes. Entonces lamento que no estén de moda, que se etiqueten para un público determinado o que nunca vean la luz, entre la pereza propia y la mediocridad de las modas. 
Después, la idea se extingue en mi pensamiento, se aplaza y, cuando vuelvo a pensar en ella, ya no me conmueve, ni siento deseos de contarla.


En estos últimos días, he tenido la enésima, la penúltima, ¿la definitiva? Y me digo ahora que he de escribirla, antes de que se desvanezca con los días, antes de que me muera, pese a las circunstancias, pese a las consecuencias, pese a la última futilidad de escribir para un mundo que ya no lee, si es que alguna vez lo hizo. 
Lo intentaré, como he hecho en contadas ocasiones, y quizá se lo cuente, en privado y en susurro, en estas mismas líneas que compartimos usted y yo. Es usted el depositario de mis secretos, sea también el de mis más locos sueños.
Como debemos calentar los esquivos motores del narrar, retomamos el ritmo con una de nuestras galerías, porque hay mucha actualidad que cortar y muchas cosas que he descubierto, durante el tiempo que hemos estado separados, mas nunca olvidados.


- Ha muerto Harper Lee, la escritora de "Matar un Ruiseñor", cuya adaptación cinematográfica hace sonar los mocos a todo hijo de vecino y permitió a Gregory Peck ganar el Oscar bajo las gafas de Atticus Finch, aunque Robert Duvall y la pequeña Mary Badham se apropiaban del lacrimal de la misma manera.


La novela es un clásico de la literatura norteamericana, escrita por una mujer reservada, que se retiró de las letras justo cuando había comenzado. 
El año pasado, tantas décadas después, la publicación de una extraña precuela levantó suspicacias y disparó alarmas sobre quién rondaba a la vieja Harper. Al final, "Ve y Pon un Centinela" era, ante todo, un apañado borrador de la novela icónica y quizá el último testimonio de que hay muchos escritores que sólo tienen una novela dentro de sí.


- Otro escritor fallecido, Umberto Eco deja un legado más prolífico, beneficiado de una carrera que combinó lo que muy pocos escritores: éxito editorial, respeto profesional y continuada calidad. Recuerde no pasar las páginas mojándose el dedo, Lord Diario, que lo mismo cae fulminado sobre el texto de una de sus literarias intrigas.  

- Y, detrás de la cámara, deslizados hacia el cine, qué poca resonancia ha tenido la muerte del director polaco Andrezj Zulawski, un autor rabioso, enloquecido, de películas fuertemente artísticas, personales y un tanto galvanizantes.


Hace un par de años, tuve la oportunidad de descubrir algunas de sus obras características: "Posesión", de la que Isabelle Adjani casi sale derecha al manicomio y yo también, "La Tercera Puerta a la Izquierda", retablo maravilloso, abstracto, en las tripas, de la Polonia invadida, y "Lo Importante es Amar", una película que deja sin palabras desde la primera secuencia.
Sobre todo, le recomiendo esta última, mientras yo prometo navegar por más obras de este genio ignorado. 


- He hecho una promesa de esas que me durarán una semana, con mucha suerte. Cada día, dos horas de lectura, dos horas de escritura y una película por la noche. 
Espero que, para las dos horas de lectura, encuentre libros tan apasionantes como Al Este del Edén.
Anote que llevo leídas tres cuartas partes y la primera secuencia de la película de Kazan aún no ha aparecido; la novela es extensísima y empieza mucho antes.
Entre otras cosas, he podido descubrir la historia detrás de Kate, el enigmático personaje incorporado por Jo Van Fleet, desvelado en el libro como una de las villanas más escalofriantes que he tenido el placer de conocer.


- Por aquello de ver a James Dean en la portada del libro, me entró la añoranza. Las tres películas que protagonizó pueden encontrarse entre lo que más adoro de este mundo, así que el sábado, refugiado del mal tiempo en el pequeño apartamento del sur de la isla, me puse Rebelde sin Causa.
Recuerdo haberla visto en el mismo lugar, de adolescente, y mi hermanita y yo nos volvíamos locos de los nervios cuando los gamberros perseguían a Sal Mineo en la piscina abandonada.
Leí ayer que era la misma piscina que se había usado para "El Crepúsculo de los Dioses". Obras maestras conectadas.


- A propósito de "El Crepúsculo de los Dioses", descubrí su hija, escondida en los tardíos setenta, esplendorosa de puro infravalorada: Fedora, penúltima obra de Billy Wilder.
Como adoro las sagas irónicas del viejo star-system, quizá soy algo subjetivo con una película así, pero considero que está escrita y dirigida con el mismo talento y la misma fuerza que se sintieron pasados de moda en la época de su estreno. Todo en ella suena a carta de despedida, pero hermosa carta.


- Prometí que jamás me atracaría de películas para el Oscar y, entre una y otra, casi he visto todas las nominadas al premio gordo.
Creí que odiaría El Renacido, pero ni a ese nivel llega. Es una película pasable, con un argumento resudado en westerns y servido ahora con ínfulas de gran genio. Si durara una hora menos y se creyese menos obra maestra, me hubiese gustado un poco más.
En cualquier caso, no se merece ninguno de los Oscars que va a conseguir este domingo y compararla con Malick o Tarkovski le hace un flaco favor.


- Por el contrario, me ha decepcionado The Martian, que se me hizo mucho más pesada y aún más vacía. Los individuos son listos, las instituciones son ineptas y tus amigos deben romper las reglas para salvarte, ¿cuántas veces nos vas a contar lo mismo, cine americano?

- Tenía pendiente La Gran Belleza, desde que ganó el Oscar al mejor film extranjero y cierta amiga me asegurara que era la obra de la década. 
Debe ser la obra insufrible de la década: una película superficial sobre la superficialidad, increíblemente snob, carca y moralista, donde ese tal Sorrentino se me ha desvelado como un timo de cuidado.
Ni grande ni bella, y sí descolorida, artítrica y amargada como la mitad del cine contemporáneo. 


- En cambio, me lo pasé bomba con un clásico noventero: Lazos Ardientes, vendido en su día como un thriller erótico y destilado como un ingenioso pastiche noir, muchísimo más disfrutable que todo lo que han hecho después los hermanos Wachowski.
Y, ay, Jennifer Tilly, qué mujer para hacerme olvidar a los hombres, aunque sea por un ratito.


- Si tiene paciencia, predisposición al sufrimiento y necesidad de extática revelación, vea El Diario de un Cura Rural, obra emblema del cine de Robert Bresson, alta graduación para valientes y película demasiado bella y lúcida para este mundo, quizá como su protagonista, incorporado por un Claude Laydu que parte el corazón.


Ay, querido Diario, se lo dije: escribir no duele nada. Va como la seda y se siente como volver a casa. Hasta mañana, hasta todos los mañanas.