jueves, 31 de marzo de 2016

Forasteros


Querido Diario,

Discúlpeme, perdóneme, no era mi intención. Sí, entiendo y asumo que el post de ayer le inquietase horrores. Ya me ha comunicado su adorada Lady Diario que usted se ha sometido a una dieta severísima, de las que no conocen pan ni azúcar ni bebida espiritosa, y además se ha lanzado a correr como un desesperado por el parque, a quemar lo que le sobra según el buen gusto y el mal pensar. 
No se aflija o mejor aflíjase. Ha empezado un camino de no retorno: el cuidarse y la desesperación por la figura no terminan nunca. Sólo encuentran variadas formas de perpetuarse y enredarse en nuestras vidas.
Que me lo digan a mí, que le escribo, dolorido y medio muerto, por culpa de una clase aeróbica del gimnasio, nueva y ya famosa por despiadada. La madre del cordero, debí dejar media persona en ese tatami.
Andaba por la mañana exhausto - qué raro en mí, sí - y me dije:

- Lo que necesito es caña. Un Apocalipsis, un Armageddon. Asistiré a la clase machacona esta tarde.


Qué fustigante es esta época que nos ha tocado navegar, qué visceralmente sadomasoquista. Quién recuerda el esplendor en la hierba de los últimos noventa, donde teníamos prosperidad en las cuentas corrientes, una sonrisa en los labios y la visión de un futuro que desconocía de estas aflicciones, de estas ganas del sufrir, de este desafío por el desafío.


Suerte que, entre nosotros, encontramos el calor y hoy pasearemos por Henry Cavill, Warren Beatty, Sam Heughan, Antony Starr y Diego Sans, todos ellos dignos modelos para que supere su fofez con éxito, desde aquí hasta la temporada vacacional.

- Qué maravilla. Por fin, se han filtrado los gifs shirtless de Henry Cavill en "Batman vs. Superman". En realidad, lo único que me interesa de la película - vale, también el shirtless de Ben Affleck - y, aunque se dilucida que el momento es breve, lo proclamo dos veces bueno.


A su cuerpo ya lo llaman el reino de la tetaza peluda, o de cómo Cavill se convirtió en Hulk antes que en Superman. Lo quiero en mi cama y aún así, me pica el resquemor de que Henry es demasiado bajito para tanto armazón. En "Los Tudor" estaba perfecto; ahora es un barroquismo apto para espectadores que ya lo han visto todo y quieren más.
Ya lo dije en cierta ocasión: la abundancia llama a la vista y también al aplauso, más que nunca en romería.


- Otro guapo de Hollywood, definitivamente más duradero, legendario e interesante, cumplía ayer 79 años. El polifacético sentimental y laboral Warren Beatty, al que revisaba hace días en su espectacular debut en "Esplendor en la Hierba", ha permanecido fuera del radar en las últimas dos décadas. 
Este año, promete que volverá y lo hará con su proyecto soñado desde sus gloriosos setenta, donde nuevamente se dirige a sí mismo, ahora interpretando a Howard Hughes. La película está terminada y la expectación, muchísima. Su mujer, Annette Bening, estará en ella, cómo no.


- Triste que otro icono de los sesenta no alcance jamás esa edad. La muerte de Patty Duke ha humedecido el pañuelo de todos los que bien conocía los pasos de esa laboriosa incansable, un raro ejemplar de actriz que evitaba el glamour y aún así, capturaba la atención del público en sus dispares apariciones. Una ruptura intestinal se ha difundido como la causa de su muerte, aunque el motivo no se ha concretado.


- Mientras usted se hace un ciclo exprés Patty Duke - es decir, "El Milagro de Ana Sullivan", "El Valle de las Muñecas" y "Yo, Natalie" -, yo pongo a todos los kilt por testigo que este fin de semana termino la primera temporada de Outlander, y así me apunto al ritmo de la segunda, que empezará en cuestión de siete días. 
Para explicar el porqué, a las fotos de prensa me remito. A ellas, culpo.


- Este fin de semana verá el retorno de Banshee, que se despide este año. Quién me diría que continuaría viéndola después de aquel cochambroso episodio piloto, aunque cualquiera que vea a Antony Starr entendería mi apego inmediato. 
Una de las series más deliciosamente excesivas jamás realizadas, digno producto de este tiempo que adora la leña tanto como los pechos peludos.


- Y además, oh, además, ¡regresa Archer! La inteligente, hilarante serie animada, fruto de un simbólico apareamiento entre James Bond y "Arrested Development" es la misma que me hace reír a carcajadas cuando no estoy intentando descifrar sus complicados juegos de palabras. Séptimo año, fíjese, y le auguro muchos más. Larga vida a Sterling y compañía. Danger zone!


- Calle, calle, que todavía tengo dos episodios para finiquitar la excitante cuarta temporada de "House of Cards". Su protagonista femenina es esa Robin Wright que ha sido debilidad mía, desde que se paseaba por "Santa Bárbara" hasta que Sean Penn la escondió bajo su apellido y su ego, con parada previa en "La Princesa Prometida" y "Forrest Gump", claro.
Ahora, con una madurez cosméticamente divina y muy decidida a recuperar el tiempo perdido, Robin empata su ambiciosa Claire Underwood con la participación en la esperada y temida secuela de "Blade Runner". Harrison Ford, Ryan Gosling, Robin Wright. La veremos, sí.


- Si no termino "House of Cards" esta noche, será porque me dormí con sólo tocar la espalda contra el colchón o porque estuve muy entretenido admirando a Diego Sans.
Sé que la revelación de Carter Dane tiene a todos mis amigos con las hormonas revolucionadas y la mano roja de tanto darle a la manivela, más aún cuando lo vieron con Dato Foland, pero juro que la escena buena de Carter es la que tiene con el brasileño Sans.


Diego Sans es uno de esos actores porno gay que lleva mucho tiempo en el medio y siempre, siempre consigue prender fuego en sus actuaciones. Con un poco de melena y vello corporal, es digno de olvidarse de todo lo que he contado con anterioridad, hasta de mi nombre.


Eso. No sé que le he contado hoy, pero espero que el momento valiera la pena. Mañana, a la misma hora.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Gordos


Querido Diario,

He visto con horror sus últimas fotografías en las playas de Magadascar. Pero, ¡cómo se ha dejado alargar a lo ancho, viejo indigno! ¿Qué significan esos flotadores que le agarran la tripa? 
Le ha dado fuerte a las bugui burguers, por lo que veo. ¡Con lo que usted ha sido! El lord más desgarbado de toda la región, alto como un pino, flaco flaquiento, digno pararrayos humano del condado de Worcester.
Reconózcalo, mi Lord. Usted está gordo, pero gordo como un tonel. Lo que debe hacer es taparse y cerrar ese pico hasta que tenga los abdominales de Todd Sanfield.
Si viviera en una cultura ancestral, sería admirado. Como vive en tiempos de ojos que miran y cámaras que capturan, esa cintura necesita movimiento y faja.


Qué cosa hay con la gordura, oiga. La mayoría del personal occidental está gordo, no está flaco o le sobra alguna que otra carne.
La tonificación es extraña en un mundo que no corre detrás de un mamut para comer el mes que viene. Y no todos están tan locos como yo para acudir todos los días a un gimnasio a recuperar el cuerpo de nuestros atlantes antecesores.


Lo he dicho muchas veces: la gordura se ignora en las pantallas hasta el nivel del tabú. Los espectadores apartan la vista cuando ven un cuerpo fofo en televisión y hacen gestos de repugnancia e incomodidad. Si es una comedia, optarán por reírse. El gordo, la gorda y el gordismo son muy socorridos para el chiste, sí.
Entienda que la gordura es un secreto, que acompleja, preocupa y se esconde, pero con el que se vive. Como le he dicho, la mayoría de la gente porta lo que le desagrada ver en una película. 
Más aún en Estados Unidos, donde se puede usted encontrar a los mayores elefantes humanos de la Tierra, mientras toda su producción audiovisual se ribetea de lo contrario: los cuerpos perfectos, diríanse improbables.


Ayer contaba Wentworth Miller, el protagonista de "Prison Break", que un meme que se burlaba de su acordeónico cambio físico estuvo a punto de conducirlo al suicidio. 
Padecía una fuerte depresión, con la comida como compulsivo alivio, y los paparazzis rondaban por allí. El público, repugnado y burlón, ante el anteriormente ideal Wentworth convertido en el gordo del barrio, sacó la artillería.
Qué prosaica es la realidad cuando es más realidad, pensaron las gordas mentes.


El espanto ante la gordura es derroche de superficialidad, pero también coordenada básica de desprecio a los otros. Recuerdo ponerle un trozo de "El Valle de las Muñecas" a un amigo; fue una escena donde aparecía Patty Duke, nuestra llorada de ayer. Mi amigo, más bien conocido y más bien imbécil, dijo:

- Pero, ¿quién es esa gorda?

¡No está gorda!

- No es que esté gorda. Es que es gorda. - matizó el muy gordo.


Lo gordo se lleva dentro, según la apreciación. Ella no está gorda, pero tampoco todo lo contrario, ergo, es gorda.
Entiéndalo usted. Hay gordos everywhere. Unos, por poco ejercicio. Otros, porque no paran de comer o tienen una dieta muy mala. Algunos hasta claman que son de hueso ancho. 
La obesidad en sus máximas expresiones ha sido señalada como un problema médico, una plaga incluso, aludida a la alta concentración de azúcar y grasa en los productos favoritos de consumo en localidades, países, generaciones.
Estar gordo es vestirse de capitalismo, porque, en el fondo, es un lujo. En otras épocas, los únicos que se podían permitir lo rollizo eran los aristócratas, los mismos que se ataban las piernas hinchadas por la gota en sus años de dolencia por tanto engullir carnes con el deleite de los que ni se mueven.
Las mujeres, oh, sorpresa, son las que peor lo llevan, de manera tradicional. Llame gorda a cualquiera y la sepulta. 
Si es Adele, se reirá. Dirá: "sí, gorda, pero lo bien que me va." 
Llame gorda a una doncella y acrecentará un complejo, una angustia, una lucha continua contra la masa corporal, contra la aparición de la celulitis, siempre a por el encubrimiento de la irregularidad de las formas. 
Y,  además, la edad. Las mujeres tienden a engordar de manera exponencial, a medida que se hacen mayores. 


Los hombres se han podido amparar en las palabras piadosas que enmascaran el gordismo, cosas como el fuertecismo o la corpulencia. 
Un hombre gordo podía salvarse y nadar por la vida en el flotador de su obesidad venial, aunque, desde hace cierto tiempo, ir hecho un seboso está igual de mal visto y encuentra tamaños competidores en cuestión de atléticos iconos sociales. 
Como las dietas de adelgazamiento ya no son aquella tortura china regada de anfetaminas y pollo hervido de otros tiempos, se tiende a pensar que ahora el que está gordo es porque quiere. Y las nuevas generaciones han renunciado por completo a la sola idea de la gordura. El futuro no será país para los gordos, se lo anuncio.
La gordofobia se reza general y las reacciones ante cuerpos sebáceos en las pantallas es de mucho eeew, mientras se olvida no sólo nuestro gordismo existencial, sino también lo profundamente acordeónico que es nuestro cuerpo a lo largo de las vidas.
El mío siempre lo ha sido. He estado muy gordo, gordo, normal, flaco y flaquísimo, y vuelta a empezar. Cuando he estado gordo, ha sido por pasotismo, dejadez. Tenía otras cosas de las que preocuparme y disfrutaba del bebercio y la comida. Como si fuera una imagen de gordura vista en la pantalla, también tendía a ignorar la mía. Cruzaba las piernas, tapaba la barriga cayendo los brazos cuando me sentaba.
En realidad, no estoy tan mal, me decía. Quizá no lo estaba. De hecho, ligaba más que ahora, por aquello del tierno osito. 

- Me gustas así como eres, natural. No te voy a decir que estás gordo. - me dijo un caballero para decirme que estaba gordo.

Ni me daba cuenta que me sobraban unos kilos. De hecho, ahora que peso quince menos, sucede todo lo contrario: me vuelvo loco cuando me veo todavía sobrantes o pliegues indebidos. 
Fue cuestión de mirarse al espejo y empezar a juzgarse severamente, con los beneficios y terrores que el escrutinio sobre uno mismo tiene.


La pérdida de peso ha tenido una mitología tan compleja que debería hacerse una historia que recolectara la magna dolencia por evitar ser esa criatura infausta: el gordo.
Desde desórdenes alimenticios hasta brutales adelgazamientos, se contó la gente que pasa hambre por estética, decisión propia o absoluta locura. Fenómeno que también es otro lujo de la sociedad del bienestar. 
Como la comida es un placer y tiene una función endorfínica, empezar una dieta y proseguirla requiere cierto cambio en la voluntad, cierto chip cerebral. Lo digo yo, que lo intenté en muchas ocasiones, pero sólo llegué hasta el final cuando oí cierto pistoletazo de salida. Como las determinaciones que implican austeridad y rigor, la obsesión entra en juego.
Hay quien sabe parar a tiempo, hay quien se convierte en un enfermo mental, hay quien vuelve a engordar al final, hay quien se mantiene en esa cuerda floja del peso ideal. Porque unos siempre serán más tendentes a la anchura que otros, esa es la única verdad.  


Me encanta Rubens, adoro el barroquismo, claman los que las prefieren gordas y los ven irresistibles con un kilito de más. Se lo dije y se lo repito: hay gente para todo. Y el gusto canónico se tropieza con los delirios visuales de más de uno y más de una. Muchos y muchas adoran a los gordos, los ven súper sexys, los persiguen.
Es otro secreto más en la historia de las figuras, de la dismorfia, del estúpido divorcio entre la realidad y la apariencia. 
Lo descomunal y lo desproporcionado como algo lamentable, risible, que necesita corregirse, está en relación con el sentido del gusto, siempre estrecho, sorteable, repudiado por tantos, pero dominante, influyente. 
Yo puedo decir que me gustan muchos gordos, algunos están buenísimos y me he acostado con más de uno.
Pero, con ese sentido del gusto bien aprendido y aleccionando, en miles de imágenes y opiniones sociales, yo no quiero ser gordo, aunque lo haya sido, aunque lo vuelva a ser, aunque, en comparación con muchos, lo siga siendo. Ay, de la fútil lucha contra lo relativo.


Quizá mañana me olvide de todo, me zampe una bugui burguer y diga que este acordeón vuelva a desplegarse con generosidad por la historia de nuestras vidas y nuestras piadosas gorduras. 
En cualquier recodo, réstele dramatismo, ahórrese el inútil orgullo y adelgace, hombre. Le costará un poco, le pondrá triste al principio, pero los resultados son pura brisa. Por salud, por equilibrio, por comodidad. 
Yo le adoraré todo el camino, sea michelín o abdominal, sea fofón o rocoso, sea normal o extraordinario. Gordo, en el fondo, en el alma, lo será siempre, lo seremos todos, no lo olvide.

martes, 29 de marzo de 2016

Talento


Querido Diario,

Qué día tan bipolar. de tristezas y alegrías. Un día tan bipolar que hasta se ha muerto Patty Duke, una de las primeras personalidades en declarar que sufría ese trastorno. Bipolaridad: una hora en lo más alto del frenesí, la otra, por los suelos.
En realidad, la única tristeza del día ha sido la muerte de Patty, porque la he querido muchísimo y porque sólo tenía 69 años, fíjese. Si le digo la verdad, la última vez que la vi se la notaba avejentada de manera prematura, aunque con los ojos azules, intactos, hipnóticos, que todavía proyectaban su legendario encanto cute.


Ella fue actriz infantil, de la época en que dos más dos aún sumaban cuatro. 
A Patty le dieron el Oscar por "El Milagro de Ana Sullivan" y la popularidad televisiva por "The Patty Duke Show", dos éxitos que la encontraron cuando era tan joven, tan niña, que era propiedad de otros.
Pero mi Patty Duke, nuestra Patty Duke es la Neely O'Hara de "El Valle de las Muñecas", justo la que ella siempre señaló como la película que arruinó su carrera.


Dicen que es una masterclass en todo lo que jamás debe hacer un actor, porque no falta una mueca, una gesticulación y un alarido.
Pero Neely O'Hara es casi un grito de guerra en mi vida. Neely es la chica talentosa que se convierte en estrella de Hollywood de la noche a la mañana, acaba en la cuneta por darle mucho al drinking y al egotismo.
Los gays adoramos a Patty y a Neely, porque vivimos al calor y ardor del exceso, tanto formal como personal. Mucho sufrir, tanto gesticular, grados del autodestruir y derrotar.
Ya se lo dije el otro día: somos los de la oscuridad y ese final de Neely en el callejón es folklore propio.


Aunque Patty odió "El Valle de las Muñecas" durante décadas, al final le encontró el punto a reírse de la película y de ella misma, motivada por sus fieles fans. La mayoría homosexuales, claro está.
En realidad, Patty tuvo una larga y laboriosa carrera después, más bien en televisión. No era raro levantar la vista y verla en películas vespertinas. En un telefilm, hasta se interpretó a sí misma, según su autobiografía, donde relataba un pasado de abusos por parte de sus representantes y una lucha de por vida contra la enfermedad mental.


Como decía Barbara Parkins - ahora la única "muñeca" viva-, todo lo que les pasaba a sus personajes en la película les sucedió a ellas, de un modo u otro. Sharon Tate murió trágicamente, Barbara abandonó Hollywood y Patty tuvo una crisis nerviosa.
Actriz y personaje han vivido ciertamente identificadas. Y Patty, en muchas maneras, fue más y mejor Neely de lo que se permitió creer: tener talento puede despertar a la pesadilla y las trampas del desequilibrio son mayores cuando se vive bajo la exigencia y el escrutinio de los demás.
Podría decirse que Patty Duke ha tenido mala suerte en su existencia, llena de sombras, peligros, padecimientos y una muerte temprana, pero siempre venció su honestidad al contar todos los demonios que combatía y vencía a diario.
Sus hijos - los también actores Sean y Mackenzie Astin - hoy la han llamado matriarca y benefactora.


Sí, querido Diario, al final siempre quedará la familia, quedará uno mismo. El cuento del estrellato y la victoria, cuento es, y lo importante es reconocerse en el espejo al final del día.
Hasta siempre, Patty.

lunes, 28 de marzo de 2016

Luces



Querido Diario,

Qué personalidad, qué caracter, qué rentreé. Usted no procrastina, viejo zorro, usted procura. Qué señoras visitas me ha proporcionado en su regreso al trabajo diario, entre declaraciones de decisión y glosas de pérdidas virginales. 
Ayer confié en el mañana, recuerde. Y sí, mañana se hizo hoy y el día que esperaba: el primero donde voy a terminar todas las putas cosas que empiezo. 
Entre ellas, espero encontrar un lugar cada noche para acurrucarme a su verso, para escandalizarlo, para seducirlo, para escribirlo como quiera y como pueda. 
Ha llegado el horario de verano. Aplauda, se hizo la luz, justo cuando nadie la esperaba, un día cualquiera de nombre primavera.


Porque soy partidario de cambiar y ser el mismo desde tiempos inmemoriales, podré activar todos los agentes en busca de una o más de mil ocupaciones renumeradas, pero jamás dejaré el arrullo de las pantallas. 
Como me contaba una amiga, debemos reciclar nuestras adicciones en lo que una vez fueron: placeres excepcionales. 
No es urgente abandonar el Facebook ni apagar la televisión - en realidad, eso nos haría desaparecer -, pero devenirlo en la sazón de nuestras inquietas vidas antes que el opio de nuestras tardes muertas.
Por ello, permítame hoy nuestro tradicional desglose de lo mejor y más candente, que hace un proustiano tiempo que faltamos a la cita de lo que veo y devoro. 
Hoy abordamos taquilleras sagas, "House of Cards", películas del ayer que volví a ver anteayer y, por supuesto, chicos guapos con poca ropa.


- Qué sonrisa malévola esbocé de oreja a oreja cuando brotaron como fragantes rosas las críticas contra Batman vs. Superman. Debe ser mala malísima para que reverdeciera el viejo oficio de emprenderla con una película, sin importar la masiva publicidad que la rodea. 
Añoré ese bombardeo en infaustos tales como "Avatar", "Prometheus" o "El Hombre de Acero", donde los comentarios fueron moderados y, más bien, mixtos. Ya no son los tiempos de Pauline Kael, ni siquiera los de Roger Ebert, y una película debe ser pésima pesimae para que la profesión crítica se ponga de acuerdo y, además, se le permita publicar invectivas en los medios de comunicación para los que trabajan. 


- A pesar de los pesares, el taquillazo descomunal de "Batman vs. Superman" les ha hecho un flaco favor, porque se ha sacado la evidencia de que al público le importa poco lo que digan los señores de opinión, a los que se ve de muchas maneras y más bien desfavorecedoras, incluso por la profesión de espectáculos. El otro día leía a un crítico escribir acerca de cómo ser crítico en la era de la opinión - cualquiera tiene un blog, en definitiva - y decía aquello de: "El crítico sabe más". Aun estando de acuerdo, me pareció una aseveración de lo más discutible.

- ¿Le hace usted caso a la crítica o no? Esa misma que se ha equivocado tantas veces, que le puede indicar el camino correcto o que le recomienda unos truños incomprensibles por aquello del arte y las ganas de aburrir.
Son un árbitro imperfecto, pero necesario, porque sin ella, o al menos sin una parte de ella, la única opinión que se tendría de las películas sería la leída en las cifras de recaudación. Su nivel de error se magnifica, su valía en la Historia del Cine se menosprecia.


- Los datos del último monstruo superheroico se han ventilado como batientes de récord en todo el globo y, aún así, la cifra final ha quedado a unos milloncejos de las previsiones iniciales. Las películas de superhéroes son los nuevos dinosaurios: implacables, invencibles, siempre necesitadas de demasiado alimento. ¿Habrá meteorito que acabe con ellas? Qué plaga, señor mío.

- A esto de mi odio por el blockbusterismo del cine norteamericano actual, o esa plétora de títulos que arrasan un fin de semana y, gusten, encanten o enfurezcan, se olvidan al mes siguiente, reemplazados por otros, hoy le pondré una excepción reciente. 
Sí, amigo mío, me ha gustado Star Wars: El Despertar de la Fuerza. Sí, nada nuevo, pero bonito, ingenuista y fácil de entender, como solían ser las películas taquilleras de antes. Me parece una película navideña perfecta, agradablemente retro y también una sólida manera de vender el encanto de una saga a las nuevas generaciones.


- Y, sí, súper sí, a Oscar Isaac y su Poe Dameron, al que deseamos ver a lo largo y a lo ancho en próximas entregas starwarianas. Guapo hasta decir quiero más.


- De gratas sorpresas y rectificaciones, ando sobradísimo en estas últimas semanas, porque he descubierto que la cuarta temporada de House of Cards está para disfrutarla y olvidar el tedio que trajo la anterior. 
Culebronesca al punto de lo serpenteante, repleta de nuevos personajes y más de un intérprete de sombreros quitar.


Se le solazarán los oídos con la voz rota de la inmarchitable Ellen Burstyn y a mí los ojos con el enorme rubiazo Joel Kinnaman, mientras no me negará que Neve Campbell es como Robin Wright: esa gloriosa excepción de que un retoque plástico en la cara conserva una belleza de acero si es de buen gusto.

- La Semana Santa fue de los Underwood, pero no falté a mi cita con las películas inacabables que piden las fechas. 
Vi dos obligadas épicas precristianas: "Los Diez Mandamientos" y "Espartaco", cada una con su grado de maravilla en sus distintos estilos, y también soberanos mamotretos de la Metro, como "Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis", versión Minnelli, y El Árbol de la Vida, de Edward Dmytryk. 
Nada que ver con la misa de Terrence Malick, pero igualmente inacabable, "El Árbol de la Vida", ambientada en la Guerra de Secesión, aspiraba a repetir el éxito de "Lo Que el Viento se Llevó" y en aspiración se quedó.



- Dicen que la película no es buena y sí muy tediosa, pero a mí se me conquista si es viejo, opulento, bonito de mirar y con Liz Taylor haciendo de loca. Recuerde que, en el rodaje, bastante caótico, Montgomery Clift tuvo el trágico accidente que desfiguró su bello rostro, quizá por aquello de competir con los dioses. 


- La canción de la película está interpretada por el formidable Nat King Cole, al que me tropezaba también revisando "Malas Tierras", esta sí, de Terrence Malick. 
Haga todas las conexiones pertinentes entre árboles de la vida, mientras le posteo la maravillosa "A Blossom Fell", que bailan Martin Sheen y Sissy Spacek.


- Esta Semana Santa ha sido también la semana de la revelación de Carter Dane en el porno gay, quizá el actor más bello y excitante que ha irrumpido en el folleteo homosexual en mucho tiempo. Sí, lo digo siempre que me emociono con alguno, pero, ay, este canadiense es para contemplación y devoción. El cuerpo marea, el culo es digno de poesía dedicada. 


Súper calientes sus encuentros con dos pro como Diego Sans y Colby Keller. 
Y cuando parecía que ya no podía más con la derecha, MenAtPlay lo acoge en su seno y lo empareja con Dato Foland. De repente, Dato ha vuelto y de una manera espectacular, para trincarse al más bello del panorama actual.


- A propósito de hombres a vindicar, mi último descubrimiento en blogs, My New Plaid Pants, me ha iniciado en la obligación de descubrirlo todo sobre Tom Hiddleston y su boa constrictor. Pero mire ese paquete, mi Lord. ¡Niveles fassbenderianos!


Mañana, más mentiras, más verdades, más diario.

domingo, 27 de marzo de 2016

Procrastinación


Querido Diario,

Usted y su estúpida apostura inglesa, con ese ridículo mostachito y esa expresión de inquisidora diplomacia, pueden irse a la mierda en este domingo de Resurrección. 
¿Por qué? Porque, detrás de su seriedad anglosajona, el juicio se agazapa. Deje de juzgarme, se lo ruego. Entiendo que, en las últimas semanas, he faltado a nuestro íntimo juramento de escribirnos todos los días. Le daría las excusas, pero usted ha vivido más tiempo que el tiempo. Sabe bien que son eso: excusas. A usted nadie le engaña, a mí, quién mejor que yo mismo.
En esta época de la victoria del yo, se cuenta epidemia aquello de la procrastinación. Qué palabra rimbombante para obsesionarse con ella. 
Dejarlo todo para después. Diferir, aplazar, según la RAE. Síntoma de la vagancia, de la pereza, de la inactividad, que hoy muchos identifican con los males de la multipantalla: es muy difícil concentrarse con el Internet, los smartphones y las televisiones, todas las caras que nos guiñan el ojo con sus promesas de edulcorada fantasía y trascendental burbuja.
Procrastinar, sí, o echarnos a la buena chaise longue y aplazar los deberes del fastidio y la obligación para un futuro al que se le concede una improbable efectividad.


Pero los vagos no son nuevos y a los procrastinadores sólo nos faltaba achacar las culpas a las nuevas tecnologías. Al fin y al cabo, echar la culpa a nuestros padres, las musarañas, los reflujos gástricos o todo lo conocible se dice nuestra especialidad. "No lo hago porque...".
Tiene usted que entender que yo soy procrastinador, pero no exactamente vago. Los vagos son malos en el trabajo y yo, cuando me entrego, soy el más serio, disciplinado y eficiente. Lo mío es más el desinterés, la inseguridad, especialmente cuando algo no me gusta o me parece peligroso y tambaleante. 
Cuando era niño, evitaba los toboganes. Me daban mucho vértigo y desoía a los que afirmaban que no era para tanto.
También recuerdo cada última semana de agosto cuando me echaba a llorar porque las vacaciones terminaban y volverían las clases, a ese triste instituto, con aquellas deplorables asignaturas y rodeado de gente que se parecía muy poco a la que aparecía en las películas que veía a altas horas de la madrugada.
Mi madre se desesperaba por mi inacción y mi cobardía, porque ella siempre fue lo contrario. 
La tristeza de volver al cole, de que las cosas cambiasen si ya eran puro felices, nunca la he olvidado, porque la ejerzo a diario. Quizá en mi procrastinación, legendaria, sintómatica, totalmente enfermiza, esté el síndrome del tobogán. Eso es un rollo y lo mismo me mato, así que por ahí no me lanzo.
En mullidos y confortables sillones, se contaron los perezosos de la Historia. En excusas y aplazamientos, los desaprovechados.
Creo que vivo en un término medio. Soy perezoso por naturaleza. No puedo hacer muchas cosas a la vez y necesito dormir muchísimo. Pero no me inquieta estar ocupado e incluso cuando vivo ocioso, tengo que contemplar o hacer algo que considere valioso, bueno, merecedor. Hasta perdiendo el tiempo, evito malgastarlo.


Lo desaprovechado vive en la creencia de un mañana en el que todo se resuelva, hasta la procrastinación misma. Cuando tenga la fuerza, las ganas, la faz descansada, las dudas disipadas.

- Cuando me obsesione, lo haré, descuida  - dije el otro día. 

Confío en que me obsesione, por fin, con algo útil, del mismo modo que me he obsesionado por cosas maravillosas pero improductivas per se, como relatar un blog a diario, ver toda la filmografía completa de Errol Flynn o subir pesas de lunes a viernes. Me digo: mañana, cuando me ponga, lo haré.
El procrastinador evita unos refranes, mientras se aplica otros. Deja para mañana lo que puede hacer hoy, pero confía en que más vale tarde, nunca. Es Escarlata O'Hara por defecto: no lo puede pensar ahora, porque se volvería loco si lo hiciese. Mañana será otro día.
Pensar en el mañana como un lugar de realización es la trampa y ahora, para colmo, también vivimos en un mundo fatalista donde ese mañana vuelve a ser escasamente seguro. 

- El día menos pensado, saltamos por los aires.

En los últimos tiempos, he desarrollado cierto miedo a lo que vendrá. Será la edad, que enseña que, oh, no soy inmortal. Y ahí brota otra amiga de la procrastinación: vivir el momento. Y vivir el momento no es más que acomodarse en el ocio y dejarlo todo para el mañana, incluso convencidos de que éste no exista.


Le cuento esto porque regresar a este blog es el mínimo de mis problemas derivados de tanto procrastinar, aunque significativo sea el proceso por el que he dilatado volver hasta aquí. 
Tenía temas para escribir y me confesaba desinspirado, al mismo tiempo. Quién lo entendía. También aseguraba que descansaba del ordenador y estaba enfrascado en la lectura. Fue verdad durante dos semanas.
Otras veces no me proporcionaba mayor excusa que la urgencia de un descanso, de una hibernación. 

- Estoy agotado. No puedo. No encuentro el tiempo.


Incluso para un trabajo de tal reverdor como el que significa escribir sobre lo que uno quiere, encontraba la disculpa imperfecta. 
Imagínese para los trabajos que no conocen de reverdor. 
Ahora llega la revelación: el lunes, tras temporadas de procrastinación, decidí entrar en Infojobs, la página web donde antes se encontraba trabajo. La cosa ha cambiado dramáticamente y me bastó un simple vistazo para sentir como si una pesada bota llamada realidad me aplastara la cabeza con decisión. 
Una nueva "funcionalidad" permite estar en contacto con antiguos compañeros de universidad o empresa. No sé qué era más deprimente para mí: los que tenían trabajos horribles o los que habían conseguido unos puestos envidiables. 
Todos parecían tener la vergüenza de la que yo carezco. Esa misma que aplazo, relativizo, por aquello del arte. O del "harte". Como decía cierta página de Facebook:

- El harte, ese mundo de sirvengüenzas.

Entendí que más que procrastinador, lo mío era irse de rositas, por peteneras y con la mula robada por la calle arriba. Volví a verme en el espejo de Peter Pan y, una vez más, en lugar de la acción, entró la depresión. El mundo se oscureció y todo lo que parecía mantenerme feliz se reveló como una red de embustes que me repetía a diario.
Me veía, helado, en lo alto del tobogán, más decidido a morirme antes que hacer el ánimo de lanzarme por la rampa.


No es la primera vez que se levanta ese telón poco favorecedor ante mis ojos, pero regresa la verdad del mecanismo eterno con el que vuelvo a bajarlo, sin querer, sin darme cuenta, hasta pasado mucho tiempo. 
Ese telón se levantó en Londres y me dejó con idéntica sensación. Juré que todo cambiaría, pero en cuestión de semanas, me acomodé, aplacé, diferí. Pequeños y esporádicos trabajos eran mis coartadas y el dinero cuidadosamente ahorrado, la salvaguarda. 

- El caso es que nunca te ha hecho falta de verdad. - afirma una señora.

Sí, pero hay muchos y muchas que nunca les ha hecho falta, pero saben lo peligroso que puede ser un revés del mañana o se enfrascan en vender su potencial para mejor efecto. Yo, el desaprovechado, he podido hacer tanto y, espantado de los agotadores procedimientos, he preferido navegar contra todas las corrientes, kamikaze, tozudo.
Seré justo conmigo mismo: también ha sido una protesta, íntima pero ruidosa, contra todo lo que me rodea, contra todo lo que ha pasado. Entra el miedo, sí, a trabajar y sufrir, pero también la rabia. 
El otro día, veía a Dee, sirviendo copas toda la noche por unos míseros treinta euros y quería quemar ese local hasta los cimientos, rescatando al bello doncel y diciéndole que no cambie nunca, que no conozca la amargura, que siga siendo niño, esperanzado, libre del yugo perverso de las obligaciones. 
Siempre ataron, hoy son el Infierno. Y, mi Lord, mejor no me haga hablar cuando se vende la alternativa del emprendedor, esa figura que se lee el Ayn Rand un día y se llena de deudas al siguiente. Decadencia occidental y mentira cochina. 
Mentiras, mentiras. Los días amanecían tristes para mí, tras la revelación, queriendo llegar aquí para contárselo y temeroso de contagiar mi melancolía a los seguidores. Ellos tendrán terrores parecidos, se identificarán con lo escrito, vivirán en circunstancias peores y otros me juzgarán severamente, se desesperarán por mi inhibición, mi abstencionismo, mi mañanismo. Y mi cantamañismo, también,

- Lo que pasa es que lo dramatizas, Montez style. El trabajo, los hombres, la vida. Si simplemente lo hicieras, como todo el mundo, otro gallo te cantaría.


Sí, probablemente, en lugar de llevarme la mano a la frente cual señora desvanecida cuando tengo que rellenar un currículum de deprimentes verdades y piadosas mentiras, me tragara el orgullo cual veneno, sí, algo conseguiría. Pero nunca dude del desencantado mundo en el que vivimos y de las dificultades que entraña encontrar trabajo, conservarlo y relativizarlo. La mediocridad es asfixiante, los procedimientos, miserables. Pasar de todo, abstenerse, procrastinar; me consta que esa rampa no es sólo mi descenso, sino el de muchos.


Excusas, excusas. Dice la Wikipedia que la procrastinación tiene mucho de trastorno y, en sus múltiples variantes, se conjuga con inseguridad y baja autoestima. Nunca podré tirarme por ese tobogán, me he repetido en muchas ocasiones. No es lo mío, yo no sirvo para eso.
Entonces me miro al espejo y encuentro todas las cosas que sé hacer y puedo hacer, la educación que he recibido, el trabajo que he hecho, a pesar de todo, y el enigma de lo que sería capaz de ofrecer al mundo. El drama es menos, las dudas se disipan. Valorarse es la útil mentira con la que empezar.

- Mira todo lo que has conseguido en la vida. Sólo necesitas un plan. Tú te lo propones, tú lo haces - me dijo Lady Montez.

El enemigo sigo siendo yo, porque no basta la convicción, hay que apurar el momento. Y ese se procrastina, también forzosamente.   


Pero, oh, si firmarlo aquí es contarlo al mundo para que conste en sus arcanas actas, hoy prometo que lo haré todo, que iré a por todas, que no me rendiré, que conseguiré algo. Escribiré, estudiaré, enviaré, preguntaré, me ofreceré, me dispondré. Estoy aquí, he salido de la confortable sombra. Busco trabajo, lo necesito, sé que lo puedo hacer bien. Si sabe de algo, avíseme, escríbame, póngame en contacto. 
Empezaré mañana. Sí, mañana. No me mire con esa cara. ¡Hoy es domingo!