martes, 26 de abril de 2016

Felinos


Querido Diario,

Informan las conexiones que se repiten las elecciones presidenciales en un país sin gobierno, mientras otros intentamos vivir sin cometer los mismos errores. Qué desconexión tan conexa.
Esta época me atrapa usted en plena acción, como si me creyera el inquieto Lord Diario que viajó a través del mundo. Yo confieso: quiero ser usted.
Mi Lord, me halla usted despierto, nervioso, quizá demasiado para mi sistema dado a las comodidades. Hay veces que simplemente digo ay. 
Ya se lo dije el último día: algo ha regresado, esa agitación felina, esa gana por volver, allá, aquí. Siempre volver y, con un poco de suerte, hacerlo mejor.


Le echaba de menos entre paradas de tranvía, tardes de rectificación y algún que otro momento de descanso que reservaba a mis adoradas pantallas.
Me decía: ay, mi Lord Diario, querrá saber de Prince, de la nueva serie de Baz Luhrmann, del regreso de Woody Fox, de la reunión "Taxi Driver" o hasta del estado del cuerpo de Todd Sanfield.
Esto último se lo ilustro en un rocoso periquete.


Por eso hoy le robo unas horas a esta época al borde del ataque de futuro y se lo cuento todo, como si le disparase de puro amor y obsesión.


- La muerte de Prince ha pillado desprevenido al mundo eterno y le reconozco que a mí me ha sorprendido el descomunal amor que se le reservaba.
Aun desde el control que tengo de la cultura pop, confesaré que sé muy poco de la música de Prince; tal vez, porque cuando yo crecía, su estela multimediática empezaba a apagarse a la medida de sus trifulcas discográficas.
De hecho, y además de la iterada "Purple Rain", la única canción de la que guardo memoria y cariño es "The Most Beautiful Girl in the World", que debiera ser la última que conoció difusión mainstream
Habrá que corregir el error y descubrirlo, aprovechando la funeraria circunstancia.


- En cambio, sí identifiqué enseguida otro fallecimiento, acaecido ayer: Madeleine Sherwood, actriz del teatro neoyorquino de los cincuenta, a la que los cinéfilos de pro reconocemos de dos peliculones de Richard Brooks, que adaptaban las obras de Tennessee Williams.
Sherwood era la amante del corrupto jefazo de "Dulce Pájaro de Juventud" - a la que Ed Begley rompía el dedo de una manera que sólo se le podía ocurrir a Tennessee -, y también la abeja cuellicorta de "La Gata sobre el Tejado de Zinc", personaje odioso donde los haya.


- Revisé anoche La Gata sobre el Tejado de Zinc, en homenaje a Madeleine Sherwood y porque se la saluda como esa película que siempre apetece ver. 
Apetece incluso con la frustración del lavado de cara inevitable de su gran revelación - ese Skipper en la memoria de Brick -, cuyo cambio en la película queda confuso, como mínimo. 
Pero qué me dice de todos esos acentos sureños, esas grandes interpretaciones, esa perfecta ventilación de obra teatral en una cinematográfica en toda regla, esas deleitables líneas de Tennessee Williams, apasionado, poético y un tanto ridículo como los mayores genios.
Por supuesto, ese Paul Newman, que siempre ha sido religión.


- Debía tener el sábado en coordenada de película notoria, porque vi "El Corazón del Ángel" y Bonnie & Clyde en sesión doble. Cada una en su estreno despertaron escozores por su violencia y agresividad. Hoy, al lado de cualquier episodio de "Banshee", son Disney. 


- Otra pieza notoria y que quizá no ha perdido su impacto es Taxi Driver, una de las obras capitales del cine de los setenta, firmada por Martin Scorsese. 
En su cuarenta aniversario, su director y protagonistas se reunían en Tribeca para hablar del clásico de soledad, alienación y colapso urbano. 
Todos muy juntitos, sonrientes, supervivientes pese a los efectos del tiempo. Jodie Foster y Harvey Keitel, con un buen conservar envidiable.


- Las películas de Scorsese en los últimos tiempos no son "Taxi Driver" y las de Woody Allen tampoco son "Manhattan", pero sus obras nos siguen despertando curiosidad, aunque sea como contar los meses con un puño: esta sí la veo, esta la dejo pasar. 
La próxima de Allen, llamada Café Society y que nos llevará a los años treinta con Jesse Eisenberg y Kristen Stewart, ha capturado mi atención desde su magnífico póster. Esperemos que la atención no se transforme en bostezos cuando le eche el guante.


- Y de Woody a otro Woody, muy distinto. 
Woody es una manera de decir erección en inglés y no son pocas las que me ha procurado el actor porno gay del que versaré a continuación. 
Woody Fox, deslumbrante australiano que abandonó la follatril profesión en pos de las acrobacias circenses, regresa al porno y lo hace más guapo que nunca, con ese pelazo en su ideal punto de melena y el doble de cuerpo.


Ha sido una sorpresa verlo a la carga, porque Fox no habló bien de su experiencia en el medio una vez terminada - su relato de cómo se procuran erecciones duraderas en plató fue especialmente grimoso -, pero, cuando el bolsillo aprieta y se está tan bueno: pollas, para qué os quiero.


- Vuelven los Woodys, se me van "Banshee" y "The Good Wife" en las próximas semanas, y confío en novedades tan estimulantes como The Get Down, el desembarco oficial de Baz Luhrmann en televisión, de la mano de la súperpotente plataforma Netflix.
Musical, por supuesto, lleno de sonidos , ambientes y actores negros; bajo el faro del maestro de "Moulin Rouge", preveo que será intensamente ecléctica y romántica. 
Luhrmann produce, pero ojo al dato de su inverosímil colaborador y el auténtico chef de esta nueva serie: Shawn Ryan, el creador de "The Shield".


- Haga hueco y venda su alma al Diablo si es preciso para permanecer vivo hasta que llegue la nueva Twin Peaks. Ayer se publicaba el pobladísimo reparto, de más de un centenar de nombres, algunos estimulantes y otros muy WTF. Lagrimita debida al leer que casi todos los actores originales repetirán con papá Lynch. La lista completa, aquí.

- Tengo amigos que me recomiendan cosas y otros que se olvidan de proveerme de lo bueno. ¿Cómo es posible que desconociera a Marina and the Diamonds
Con ese nombre verdadero cual salida de una novela de Jeffrey Eugenides - Marina Diamandis -, esa energía agresivamente cute a lá Patty Duke, esas letras de "me hice mala por desamor" y ese infeccioso pop, ¿quién puede resistirse?


Tiene, de manera previsible, una canción llamada "Valley of the Dolls", pero las que me vuelven loco estos días son "Primadonna" y "How to Be a Heartbreaker". De ésta, le posteo el infartante vídeo, a tope de tíos buenos en remojo. Disfrute del porno.


Ay. Yo sólo digo ay. Hasta la próxima, mi Lord.

martes, 19 de abril de 2016

Madrid (II)


Querido Diario,

Hágase a la idea. He venido a este mundo a cambiar de opinión, a contarle cualquier cosa con convicción, con firmeza, con apasionamiento, y hacer al minuto siguiente su exacto contrario. 

- Jamás volveré - escribí una vez.

- Siempre hay una duda - narré hace dos meses.

- ¿Quién dijo miedo? - anuncio hoy.


¿De qué estoy hablando? Viejo zorro, se quiere usted enterar de todo. 
Hace poco más de una semana, mi amiga Sabina Urraca me envió una oferta de trabajo.

- Pero es en Barcelona, ¿no?

- Sí, ¿no quieres irte de la isla?

- Así de sopetón no sé qué decirte.

Quedé de sopetón y muy señor mío, de verdad de la buena, porque no sabía qué contestar. Quieres o no quieres. ¿Acaso quería dejar la comodidad, el mullido confort del hogar para lanzarme de nuevo a la aventura? ¿Y además en una ciudad que no me mata demasiado como Barcelona?
Jum, la duda empezó a volverse un angosto mar en el que empezaba a sumergirme.
A los pocos días, me tropecé con una amiga del colegio por la calle. 

- Todos los lugares tienen sus cosas buenas y sus cosas malas - parloteamos los dos, que hemos recorrido mundo.

Entonces le dije que me estaba picando el culo últimamente y que quién sabe. Quién sabe. Ay, Lord Diario, danger! danger! Cuando yo digo quién sabe, estoy sembrando un campo de amapolas que, a la luz de su exquisito olor, cualquiera se va a dormir con el sueño: "Saca la maleta de debajo de la cama y limpiále el polvo, no la vas a subir así al avión".
El trabajo barcelonés no fructificó - es decir, eligieron a otra persona -, pero cierta amiga y seguidora me enviaba la semana pasada un nuevo contacto, una nueva oferta. 
En esta ocasión, un señor trabajo que, como lo consiga, le aseguro que me da un infarto. Ahí está enviada la documentación y pendiente de selección y escrutinio.
Sí, rece, rece por mí. Llene su altar de velas y enciéndalas en nombre de Joan Crawford para que un golpe de suerte me deje KO en el suelo y de vuelta a la vida.

- Pero quiero preguntarte... El trabajo sería en Madrid. ¿Estarías dispuesto a volver?

- Claro. Es mi segunda casa. Hago las maletas y me planto allí ahora mismo.

¿Quién decía eso? ¿Quién era el traidor? ¿No le había dicho yo a usted, excelentísimo Lord Diario, que aquí me quedaba? 
¿Qué se había apoderado de este corazón loco? Sí, había regresado oficialmente ese culipicor, esas ganas de movimiento, ese jaranismo trotamundos.
Pero, oh, también una profunda, sincera nostalgia.
Me imaginé aterrizando en sus calles y lo hacía delante de un sitio tan corriente y moliente como el Madrid Madriz de metro Tribunal. Qué chorrada. Será porque allí dentro pasé grandes ratos en un tiempo, será porque jamás volví después de otro tanto.


- ¡Con lo tranquilo que estaba! Y ahora este cosquilleo otra vez, esta locura. Ay, ay, ay.

Pensé y pensé durante los días, de buceo entre la duda y la certeza, con la tristeza de dejar cosas atrás, con la excitación de volver otra vez a Madrid, con la sabiduría, con la experiencia, con la obsesión de no repetir errores.

- Se acabaría una tristeza del pasado si lo intentara de nuevo. A lo bien.

Como le dije, hay muchos Madrides como las hay épocas en nuestras vidas, como hay Jositos, como hay actitudes. 
Y si ha vuelto la energía, la decisión, pies, ¿para qué os quiero?


Entiendo que aún hay precipicio, con tiburones hambrientos en el fondo. Hablo de ese desfiladero del desempleo, esa cola diabólica de la crisis. No lo subestimo, no lo he hecho nunca.
Pero también le informo que, en las últimas semanas, he recibido más ofertas de trabajo que en los pasados cinco años. ¿Algo se reactiva? ¿O ha sido culpa de mi armisticio conmigo mismo? Se acaba la procrastinación, le aseguré.
¿La cosa, visualizada al estilo "El Secreto", irrumpió? Cambie usted la actitud, le vendrá rodado. Laméntese en una esquina, en esa esquina se quedará.

- Hay cosas buenas y cosas malas en todos los lugares.

En Tenerife, está mi familia, está mi gimnasio, está el clima más maravilloso de la Tierra. Es un lugar saludable, pacífico, simpático. Como dirían de una comedia de andar por casa: "Te ríes."
Pero tiene un techo, con el que toda la vida me he dado de cabezazos. Son esas las limitaciones de los sitios pequeños. El modo de ser de la gente, las expectativas de futuro. 
La respuesta es conformarse. Y yo lo he hecho, porque soy perezoso por naturaleza, porque también soy inseguro y así he renunciado a muchas grandes ambiciones para los que otros me ven perfecto.
Pero, al final, en la tranquilidad más rotunda, ande yo conforme con lo que observo y con lo que oigo,, el vaso que agito se bambolea con cierta neurosis, como si buscara algo más de la realidad circundante, como si deseara sobrevolar por el mundo sin que nadie se entere, como un misterio que se escapa a la propia razón de la velada.

- Este cristal se rompe antes de que den las doce.


- Tú estabas bien aquí. - me dirán todos.

Sí, y también me conté muchas mentiras. Me dije que nunca volvería, porque temía que así fuera. Ahora digo no a lo rotundo. Deseo vivir entre los dos lados, sin renunciar a uno por otro. Si pudiera, los mezclaría como un buen brandy y sería inmensamente feliz. Como no puedo hacerlo, beberé un sorbo de este cuando me canse de aquel.
Sí, y hay algo que sólo existe en Madrid y tiene nombre de barrio. Eso sí es insuperable y la comparación no es odiosa, Lord Diario. Es devastadora nivel Apocalipsis.


Volveré, Diario, volveré. Haré lo posible. Ayúdeme a hacerlo. ¿Cuándo? No lo sé. He de pensarlo bien. Que no sea una locura, como las otras veces que me he lanzado al mundo. Que sea con firmeza, con dinero en el bolsillo, con un trabajo al que acudir todos los días. ¿Cuándo? Mañana, dentro de un mes, el año que viene, dentro de una década. ¿Quién sabe? 
No importa que no vuelva nunca a Madrid. Sólo que he recuperado el sueño por regresar y con esa ilusión me voy a dormir. En paz, en agitación, feliz, vuelto loco, completamente adicto al mañana.
Rece por mí, amigo mío, estoy salvado.

lunes, 18 de abril de 2016

Desnudos


Querido Diario,


Anoche soñé que volvía a estar desnudo en plena calle.
Hacía un frío terrible, propio de una noche de enero en Madrid. Sí, debía estar allí, porque pedí un taxi y le dije que me llevara a la calle de Irún. El taxista miraba mi desnudez por el retrovisor, como si estudiase la situación y decidiera qué provecho sacar de aquello. O pensaba follarme o sólo disfrutaba del morbo, del suspense, quizá de la vergüenza ajena de tener como pasajero a un tío en bolas. 
Yo notaba el frío del cuero del asiento en la espalda y también en mi ojete. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba desnudo. Desnudo en un taxi, a merced de la buena - o mala - voluntad de un extraño. Crucé las piernas para ocultar mis pelotas con un pudor instintivo, pero no podía esconder mi polla. Estaba demasiado tiesa, presa de la mirada escrutadora del taxista.


¿Cuántas veces habrá soñado el ser humano con deambular desnudo por donde no debe? Es el sueño recurrente, que nace de la compleja relación que tenemos con nuestro cuerpo, especialmente cuando está al aire.
Un cuerpo erotiza, atrae las miradas, se revela en el amor y en el sexo, se destapa cuando no hay nada que ocultar, pero, en la mayoría de las situaciones, somos Adán y Eva expulsados del Paraíso. Qué vergüenza, tápate.
El ridículo protocolo del vestir, que nació de necesidades prácticas, como la de protegerse los huevos so pena de golpe o de cubrirse el culo para no ir manchando, devino en el complicado universo psicológico y social del pudor.
En algunas sociedades, la obligación de cubrirse ha sido tan extremada que un centímetro de carne al aire ponía a cien a toda la parentela. Y excitarse ante lo prohibido debía ser malo, malo, malo.
En estos tiempos y en aquellos, en los que el traje ha sido ritual, señal de clase social o testigo de las modas veloces, el pudor todavía perdura y la desnudez tiene esa significativa relación entre disparadero erótico e improceder absoluto.

- No se quite la ropa ahora, señora, que viene mi marido.

- Tápese esas pechugas, muchacha, que va buscando guerra.

- Déjate puesto el uniforme de policía mientras me follas, por favor.

- Quítate la camiseta, Ben, que te silbamos.


Quitarse la camiseta, tanto en hombres como en mujeres, todavía suscita signos de admiración, silbidos y generosos likes en redes sociales pero, si la cosa no es bella o fornida, se troca en asco.
Ahí está la clave. De manera general, sólo se desnudan los guapos. De hecho, los guapos han venido a este mundo para desnudarse cada dos por tres.
Los demás han de guardarse esas carnes fofas para los dormitorios o sus tristes espejos. 


Para eso, hemos venido, para eso, hemos pagado la entrada. Que se desnuden los bellos para encanto de todos y, si se puede, que follen entre ellos.
Siempre para mayores de dieciocho años si la cosa se torna caliente. Porque lo desnudo parece que sólo se descifra por mentes adultas, cuando son éstas precisamente las que le conceden su significado morboso.
Para un niño, el desnudo es natural; para un adulto, es un cocido de tabú. Es el que decide los centímetros de carne permitidos. Es el que sabe la diferencia entre una foto en la playa, un escote de intenciones provocativas y una escena pornográfica.
Es el adulto en el que se reboza en la misma arbitrariedad del desnudo que decide que un hombre con una polla tiesa es porno, sin discusión.


El desnudo, que preocupó a todos los grandes artistas y calentó a las mejores plateas, todavía vende, marca y sentencia.
Cuenta casquivanas a las mujeres que lo practican y califica de vanidosos a los hombres que se atreven. En televisión y en cine, ya lo dice Emilia Clarke, hay menos penes que coños y, de manera general, aquellos siempre son grandes o suculentos. Sólo los bien portados quieren presumir y, como he dicho, los bellos son los que se despelotan.


Veneramos tanto el cuerpo desnudo y, a la vez, lo odiamos. Estar desnudo puede ser una tragedia. Si quieres humillar a alguien, torturarlo, castigarlo severamente, solo o delante de los demás, quítale toda la ropa, déjalo desnudo, indefenso, vulnerable, sin mayor identidad que su carne.

- Como Dios lo trajo a este mundo.

Los grandes castigos de la Historia han empezado por la desnudez en público. Es cuando la pesadilla recurrente se troca en realidad y el cuerpo, sea bonito o feo, aparece a la luz del día, para escrutinio de todos, que lo ven espantosamente vulgar.


El ser humano debe odiar mucho su cuerpo, porque le da asco la caca, los mocos, la sangre, las vísceras. Todo lo que tiene dentro y lo que expulsa, de un modo u otro. Las películas de terror se llenan de esqueletos y calaveras y el espectador se asusta, como si ignorase que se ve a sí mismo, por dentro, tal cual sería en su quintaesencia.


La vista se refocila en los vestuarios ostentosos o seductores, mientras busca en los cuerpos desnudos de los bellos, bien proporcionados e iluminados, el divino ideal del que carece.
Mientras, reacciona incómodo cuando alguien comienza a quitarse la ropa sin Joe Cocker de fondo. La excitación ante el tabú, la raigambre victoriana, la esclavitud de los cánones, el espanto ante la realidad. 

- Qué asco, señora, tápese esos melones de ballena. Hay niños delante.


Dicen que venimos a este mundo desnudos, de cuerpo y de mente, y que la vida consiste en cubrirnos, taparnos, con capas y capas de traje, trauma y experiencia. Sólo nos desvestimos en compañía de nuestros padres cuando somos niños. De los que amamos cuando tenemos suerte, quizá por la confianza ganada.
O, simplemente, por comodidad. Porque también nos desnudamos con los que deseamos íntimos. 

- No vas a follar con camiseta, hombre. Quítatela.

- Pero los calcetines me los dejo, que hace frío.


Camiseta fuera, Lord Diario, también los calzoncillos. Inclínese y déjeme ver su culo blanco de lechuguino. 
Haré lo propio y, si hace buen tiempo, salimos a la calle como dos señores que han perdido los papeles al mismo ritmo que la ropa.
Será un escándalo, mancharemos las sillas donde nos sentemos, nos exiliarán a una comunidad nudista entre tomates y abucheos. Será como volver a ser niño y reír otra vez. Tú me enseñas lo tuyo, yo te enseño lo mío. Será horrible, traumático, una pesadilla.
Si hay que volver a casa, un taxi y listo.

miércoles, 13 de abril de 2016

Jasonismo


Querido Diario,

Vivimos en un bucle temporal, donde se estrena una película que acaba en  -man, se detiene al banquero, se elige al terrorífico apellido en las elecciones de nuestro querido Perú y tropezamos con las series de nuestra infancia.
Y, al final del día eterno, todos los que escribimos intentamos decir la verdad, lo más parecido a ella, lo que supimos ayer y dudamos hoy, perdidos en el propio bucle.


Sí, bailamos alrededor de la misma pista, esa a la que ayer llamamos mundo, y giramos en ella cual si rotáramos los 365 días del año, bajo la exacta definición de locura: hacerlo otra vez y buscar un resultado distinto. Así es el ser humano, así se mueve la actualidad.


Olvídelo todo por un segundo. Colóquese de nuevo la peluca, el almidonado cuello y el antifaz. 
Hoy nos distraemos, nos perdemos, nos quedamos tontos frente a la pantalla. Hoy miramos a Hollywood, a los resultados de taquilla y a dos Jason, uno que está de actualidad en todo el mundo y otro que vive en mi corazón.


- El último Almodóvar, de nombre "Julieta", ha entrado mediano, más bien decepcionante, en la taquilla del fin de semana. Un quinto puesto y ni siquiera la película española más popular de la lista, insólito en un arranque almodovariano. ¿Los papeles de Panamá? ¿El presunto contubernio heterosexual derechuzo contra Pedro? ¿O el simple desgaste de la concurrencia tras sus anteriores bodrios? 

- Recuerde que la bodriesca Batman vs. Superman, a pesar de sus cifras descomunales, perdía fuelle como casi ningún otro blockbuster en la memoria. Y la caída, siempre relativa, continúa. "The Boss", comedia con Melissa McCarthy, le robaba el primer puesto de su tercer fin de semana por la mínima, pero suficiente. Cuente con el dato de que la película de Melissa no habrá costado ni un tercio de la de Zack Snyder.

- Pese a todo, se anuncia OTRA película de Batman, esta vez en solitario, en la que Ben Affleck se dirigirá a sí mismo. Cuánta fe, señor mío, cuánta persistencia.

- Si hay dudas en torno a responsables y protagonistas de "Batman vs. Superman", Aquaman está de buen año y por muchos motivos. 


El espectacular Jason Momoa se prepara para "Justice League" y lo cuenta en Instagram al estilo moderno: con vídeos infartantes de las burradas que hace en el gimnasio para conseguir esa masa muscular. Sin camiseta, por supuesto.

                       

- Si aún lo desconoce, el amor por Momoa nació en su paso por "Juego de Tronos", que regresará el próximo 24 de abril para deleite del Estado friki internacional que no dudará en contárnoslo todo por las redes sociales.
Emilia Clarke, la adorada Daenerys, confesaba esta semana otro motivo para suspirar por Jason Momoa. "Vi su miembro a pesar de que estaba cubierto por un suave calcetín rosa. Mostrarlo haría que la gente se sintiera realmente mal. Es demasiado fabuloso". ¡Quiero el trabajo de ese calcetín!


- Y también quiero que llegue ese momento de la noche en el que me siento frente al televisor, apunto con el mando a distancia y elijo exactamente lo que quiero ver. En estos días, es nada menos que Beverly Hills 90210, conocida en este país como Sensación de Vivir.


- Evitaré extenderme hoy porque a esta serie hay que dedicarle un post en exclusiva - y será en breve, prometo -, pero qué adicción, mi Lord. Y, sobre todo, qué diversión.
Si hay algo que siempre controló Aaron Spelling en sus más emblemáticas series, sería esa sensación de contemplar lo más jugoso del mundo. La prueba: tantísimas imitaciones y ninguna con ese toque de alquimia.


- Le confirmo mi rotunda obsesión por su actor protagonista, el ínclito Jason Priestley, que interpreta al buenazo Brandon Walsh. 
Porque aquellos primeros noventa gustaban de homenajear a los cincuenta en sonidos, poses y actitudes, Jason era tupé jamesdeanesco y mirada paulnewanesca. 
Reniego de la mayoría de ídolos juveniles, pero este tío era de una belleza apabullante.
Según Shannen Doherty, "entre lo más complicado de esa serie, estuvo interpretar a la hermana de Jason Priestley. Estaba tan bueno... Una vez me preguntaron por esa cierta onda incestuosa que había entre ellos y yo sólo pude reírme".


- El interés por el Priestley de entonces y de hoy me ha llevado hasta su mejor película.
En Amor y Muerte en Long Island, una pequeña gran comedia, Jason interpreta a lo más parecido a sí mismo: un ídolo juvenil que quiere ser tomado en serio como actor. 
Un impagable John Hurt es el respetable escritor inglés que se obsesiona por él, porque lo contrario sería imposible.


- Y, recuerde, hay autobiografía del doncel, publicada el año pasado, en la que Jason ha desvelado secretos del backstage de "Sensación de Vivir". Agárreme, mi Lord, que me la bajo al Kindle.


- Sí, aquellos primeros noventa eran muy cincuenta. Recuerde "Twin Peaks", por ejemplo, o el regreso del enorme Roy Orbison a las listas de éxitos. 
Orbison cantó "I Drove All Night" y el vídeo, pura onda fifties, sólo pudo estar protagonizado por los dos más bellos de entonces: Jennifer Connelly y mi Jason Priestley.

                       

Disfrute de la madrugada, querido Diario. Vivimos en un bluce, pero la leyenda cuenta que no habrá otra noche igual.

martes, 12 de abril de 2016

Mundo



Querido Diario,

He oído y lamento la noticia de la muerte de su primera esposa.
Sé que llegó a odiar a la fallecida, pero también conozco de la amarga sonrisa que esboza cuando oye las leyendas, esas que cuentan que usted esconde los cadáveres de sus anteriores esposas en el sótano cual Barbazul. Usted siempre ha sabido de ellas: que estaban vivas, que las tres eran felices, que todas se tocaban como una nota triste en el piano de sus sentidos.
A la primera fue a la que le prometió el mundo. En un barco dirección Zanzíbar, agarró su mano con suavidad y, en plena cubierta, le dijo que no concebía la vida sin ella. Era su primer amor y afortunado vivía de ser correspondido. Los dos eran jóvenes, pero sabios y prácticos, como eran las gentes de antes. 
La primera Lady Diario quiso que se tomasen fotografías de todos los lugares del mundo que visitaron durante la luna de miel. En bañador de cuerpo entero, lanzada al vacío de la piscina de un hotel, a kilómetros de donde había nacido, se inmortalizó la hoy fallecida en su momento de mayor juventud y felicidad.
Usted la amaba desesperadamente, pero se lo mostraba con calma. Entrelazaba sus manos y le prometía el mundo.


El matrimonio duró un tiempo ridículo, apenas cuatro años. Nadie de su familia en Londres ni de sus amigos en Manchester se lo podían creer. ¿Qué había pasado?
"Caminamos demasiado", escribió usted, Lord Diario, en su propio diario. "Y nos perdimos", añadió y jamás volvió a anotar nada de su vida.
Pero no era cierto. Después de la luna de miel, habían vuelto a casa y, entre quehaceres, compromisos y la simple pereza, se quedaron allí, sin intención de comprar billetes a ninguna parte. 

- Tengo miedo al mundo, a los países, a que nos maten lejos de aquí. - dijo Lady Diario, neurótica, acomplejada y aún inconsciente del problema de su marido con el alcohol.

Fue el alcohol el motivo del divorcio, pero el matrimonio estaba muerto desde el día que se instalaron en la casa de las afueras de Manchester.
Y eso, bien lo sabe usted, sucedió el primer mes, la primera semana, el primer minuto en que entraron en aquella casa y decidieron gestar una vida sin saber cómo hacerlo.


A pesar de la muerte anunciada, usted firmó el divorcio con el corazón roto, incrédulo de que el amor de su vida, aquel que pregonaba en el barco a Zanzíbar, se hubiese acabado para siempre. Y decidió volver a África del Sur, esta vez, solo. Desde Tanzania, mandó un cablegrama a su familia.

- Enviad más dinero.

Lo enviaron y fue lo último que supieron de usted durante diez años. Estará muerto, decían a sus amistades para mostrar preocupación, pero siempre tuvieron la certeza de que se encontraba bien y la verdad de que se había marchado para olvidar a su mujer.
Usted recorrió el mundo. Y descubrió que había algo cierto en los temores de su esposa: el mundo es terrible, espantoso. 
Tenía la idea de que encontraría la paz allá donde no habría rastro de la vida humana y fue donde estuvo a punto de volverse loco, entre los ruidos de la noche y las miradas de la mañana, al servicio de la implacable Naturaleza. 
Entendió que el bosque era más mortífero que la gran ciudad. Comprendió que la metrópolis puede ser más solitaria que la selva.


Vagó, vagabundeó, compró tierras en Chad, lo vendió todo en Guam, fundó una empresa en Quito y tuvieron que agarrarlo entre cinco, porque vivía decidido a embarcarse con rumbo a Groenlandia.
¿Qué escondía, tantos años después, Lord Diario? El desamor se había perdido por el camino y ahora sólo quedaba el camino, el incansable, fatigoso, devorador camino por el mundo.

- Nunca he estado cómodo en ningún sitio - oyó decir a un pasajero en un vagón de tren en Chicago, a medianoche. Usted sonrió, mientras se arropaba con el abrigo.

En habitaciones de hotel y chamizos, amaneciera ardiente o durmiese entre lágrimas, vio más allá de su huida, sin comprenderla del todo. Debía seguir adelante, porque no había posibilidad de detenerse en ningún lado. Buscaba una casa, pero los ruidos del mundo, ya fueran los grillos de la noche o las bocinas de los coches, lo empujaban.


Por este mundo, se camina a empujones, sí. Los que se reciben, los que se dan y todos los que se evitan. Caminen deprisa, señores, aquí no hay nada que ver.
Usted vio el mundo, en primera persona. No lo consumió a través de la televisión, distante y maleable. Lo saboreó y fue incapaz de digerirlo. Contemplaba las caídas y los ascensos como quien lee una novela sin desenlace. Los malos siempre volvían y, cuando usted terminaba de escandalizarse por los que aplaudían el regreso de los villanos, empezaba a llorar por los que lo toleraban en silencio. 
Fue testigo de los escenarios, de la cruenta guerra y de la apañada paz. De la comedia y el drama, de la comedia de la vida y de la vida del drama. Los delitos se escondían, los criminales enseñaban las manos, las puertas se cerraban a cuatro candados.


Cuando triunfaba el Bien, esa esperanza que le inculcaron desde temprano para que jamás se tirase por una ventana, usted lo celebraba y se sentía un poco como en la cubierta del barco a Zanzíbar: con el mundo en una promesa entrelazada. 
El bien era pasajero, el mal era arraigado, entendió y valoró aquel, porque siempre se enamoró de lo imposible, de lo dificultoso. De la utopía de las utopías, que aparecía como estrella invitada en decisivos momentos de la Historia, cuando se decía "hasta aquí hemos llegado" y el pueblo, ignorante y cobarde hasta anteayer, reverdecía y se volvía joven. 


Pero el mundo, como usted, se volvió viejo. Tornó sus ojos hastiados hacia su lucha continua, ancestral, y entendió que, cayeran unos sistemas o florecieran otros, la pregunta era la misma: ¿quién tiene el poder y cómo va a ejercerlo? 
Los grandes armazones polares se quebraron, muertos de calor, y prometieron su callada venganza. El día menos pensado, clamaron con severidad, volveremos. Derretiremos a nuestros hijos y ahogaremos a los hombres. 
Enfriaremos el desastre y retornará el glaciar hasta los Alpes, donde estaba antes de que el mundo supiera nada de quiénes serían sus genuinos habitantes, sus últimos destruidores.


Cayó la noche en el Amazonas y usted se enfermó, por fin. Yacía en una cama, tiritando, preso de todas las enfermedades posibles, roído por la culpa y el desagrado, afiebrado de lo que había visto y lo que ahora callaba. La muerte, el latrocinio, el abuso, la violación sistemática de las personas y las cosas. Ningún doctor dio con el simple diagnóstico: usted estaba enfermo del mundo.
El mosquitero le permitía entrever algo de luz en aquellas noches eternas donde se creyó al borde de la muerte. Tan lejos de casa, como temía la olvidada primera Lady Diario. Soñó con la posibilidad de una segunda esposa, de otra vida, de volver a ver a su familia.
Entonces recordó aquel rojo atardecer de Florida con la misma intensidad llameante con el que lo contempló.
Inesperadamente, por primera vez en una década, encontró la paz.